sábado, 30 de mayo de 2015



Batallas

Quizá la decencia ha desaparecido de algunas de las instituciones de nuestro país, pero estaba y está entre la gente sin poder



Ana Pastor/ Periodista/ El Periódico de Cataluña/ Sábado, 30 de mayo del 2015.
 
Se sienta en la mesa y se dispone a dar la mala noticia. No es la primera vez pero eso no evita que le duela pronunciar las palabras. Delante de ella una mujer está a punto de recibir esa frase. Y para ella sí es la primera vez. Va a escuchar cáncer y después va a escuchar que no se puede hacer gran cosa. Pero esa mujer de 74 años hace tiempo que dio por perdida la batalla por la vida. Malvivía con una pensión que desde hace meses entrega a su hijo de manera íntegra porque está en paro y tiene que mantener a sus propios hijos. Ella acude a diario a un comedor social para salir adelante sin que los suyos se resientan. Los suyos... con quienes la relación prácticamente se ha roto ya. Está sola. Sola. La vida ha dejado de tener sentido desde hace mucho tiempo. Tampoco le importa. Y por eso cuando escucha «cáncer en fase terminal» lo único que quiere que le añadan detrás es que podrá quedarse en el hospital y terminar allí de perder la guerra. Pero está a punto de no ocurrir. Su estado es malo, muy malo, pero no como para ser ingresada ya. Hay un problema de plazas y no podrá quedarse en el hospital de media-larga estancia.
La doctora debería decirle eso. Pero no puede. Mientras le explica el diagnóstico piensa en lo que pasará si la envía a casa: «¿Cómo decidir poner tratamiento a una paciente debilitada, que en caso de que no pueda levantarse de la cama por el efecto combinado de la enfermedad y la quimioterapia, no va a poder avisar a nadie?». Días más tarde me contará: «No exagero si te digo que se han dado casos de no poder entrar el equipo sanitario para valorar a un paciente en domicilio, por no poder este levantarse a abrir la puerta».

Buscar un hueco

Así que esta médica, que da por perdidas muy pocas batallas, no llega a pronunciar eso de «no hay plazas». Reúne a otros colegas y hablan con dos trabajadoras sociales y el médico de cabecera de la paciente para buscar un hueco en algún lado. Ese hueco aparece un tiempo después gracias al empeño de este grupo de gente que hace mejor nuestro país. Días después la paciente llega al hospital con dos maletas. Su expediente médico no solo incluye la enfermedad, el tratamiento y los riesgos. En la última parte aparece el relato de sus últimas semanas. Y de nuevo aparece un grupo de gente que hace mejor este país. Dos vecinos se han hecho cargo de ella porque su deterioro físico la ha impedido valerse por sí misma en este tiempo. Uno de ellos en situación económica muy delicada. Eso no ha impedido que le consiguieran comida cada día. O que le arreglaran la casa. Así han sido sus últimos días. Ahora está en el hospital. Allí se quedará hasta el desenlace final. Pero ya no está sola. Ya no. Quizá la decencia ha desaparecido de algunas de las instituciones de nuestro país, pero estaba y está entre la gente sin poder. Ese grupo de gente es una buena prueba.

martes, 26 de mayo de 2015


El Gran Gatsby y la OCDE

Cada vez más, el bienestar de un ciudadano depende de la riqueza de sus padres

 
El secretario general de la OCDE, Ángel Gurría. / EFE

La Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) ha corroborado en su último informe —Por qué menos desigualdad beneficia a todos— las tendencias ya investigadas en los anteriores: que hay una relación directa entre igualdad y crecimiento económico, y que la brecha entre ricos y pobres en los 34 países de la institución es hoy la más alta en las tres décadas que lleva haciendo mediciones de la misma.
Al mismo tiempo que se analiza la desigualdad económica conviene hacerlo con la igualdad de oportunidades. Esta es un principio fundamental de las democracias. Significa que los logros y resultados de un ciudadano no dependen de sus progenitores, raza, género o cualquier otra característica inmutable. Según los estudiosos, existe una estrecha correlación entre la extrema desigualdad de ingresos y la desigualdad de oportunidades. Si ello se consolida, las oportunidades de los hijos en la vida dependerán en gran medida de la situación socioeconómica de los padres.
Así surge la denominada curva del Gran Gatsby, un gráfico que representa la relación directa entre la desigualdad económica y la inmovilidad social intergeneracional. Esta curva la introdujo en 2012 el presidente del Comité de Asesores Económicos de Obama, Alan Krueger, con datos del economista Miles Corak. La curva del Gran Gatsby (en honor del personaje de la novela de Francis Scott Fitzgerald) explica que en una sociedad democrática igualitaria existe un elevado grado de movilidad social, algo que no ocurre cuando el nivel de desigualdad es elevado. Relaciona el coeficiente de Gini (medición de la desigualdad en cada país) y el grado de dependencia entre los ingresos de una persona y los de sus padres. Por ejemplo, en Dinamarca, una de las naciones con un índice de Gini más bajo (más igualitarios), solo el 15% de los ingresos actuales de un adulto joven depende de la riqueza de sus progenitores. Por el contrario, en Perú, con uno de los índices de Gini más elevados del mundo, dos terceras partes de lo que gana actualmente una persona se relaciona con lo que sus padres ganaron en el pasado.
El corolario es sencillo: la desigualdad económica obstaculiza la materialización efectiva de la igualdad de derechos y oportunidades. Por ello la desigualdad importa cada vez más a los ciudadanos, en contra de lo que hace unos años declaraba la antecesora de Rodrigo Rato en el FMI, y ex economista jefe del Banco Mundial, Anne Kruger: “Las personas pobres están desesperadas por mejorar sus condiciones materiales en términos absolutos en lugar de avanzar en el ámbito de la distribución de ingresos. Por lo tanto, parece mucho mejor centrarse en el empobrecimiento que en la desigualdad”. Pues no.

El control oculto de las empresas

 

Rafael Ricoy

Estados Unidos y el mundo están imbuidos en un gran debate sobre los nuevos acuerdos comerciales. Tales pactos solían ser llamados “acuerdos de libre comercio”; en la práctica, eran acuerdos comerciales gestionados, es decir, estaban adaptados a la medida de los intereses corporativos, que en su gran mayoría se encontraban localizados en EE UU y la Unión Europea. Hoy en día, con mayor frecuencia, tales pactos se denominan como “asociaciones”; por ejemplo, el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP). Sin embargo, dichos acuerdos no son asociaciones entre iguales: EE UU es quien, de manera patente, dicta los términos. Afortunadamente, los “socios” de EE UU se muestran más recelosos.
No es difícil ver por qué. Estos acuerdos van mucho más allá del comercio, ya que también rigen sobre la inversión y la propiedad intelectual, imponiendo cambios fundamentales a los marcos legales, judiciales y regulatorios de los países, sin que se reciban aportes o se asuman responsabilidades a través de las instituciones democráticas.
Tal vez la parte más odiosa –y más deshonesta– de esos acuerdos es la concerniente a las disposiciones de protección a los inversores. Por supuesto, los inversores tienen que ser protegidos contra los gobiernos defraudadores que incautan sus bienes. Sin embargo, dichas disposiciones no se relacionan a ese punto. Se realizaron muy pocas expropiaciones en las últimas décadas, y los inversores que quieren protegerse pueden comprar un seguro del Organismo Multilateral de Garantía de Inversiones, una filial del Banco Mundial; además, el Gobierno estadounidense y otros Estados proporcionan seguros similares. No obstante, EE UU demanda que se incluyan tales disposiciones en el TPP, a pesar de que muchos de sus “socios” tienen sistemas de protección de la propiedad y sistemas judiciales que son tan buenos como los propios estadounidenses.
La verdadera intención de estas disposiciones es impedir la salud, el cuidado del medio ambiente, la seguridad, y, ciertamente, incluso tienen la intensión de impedir que actúen las regulaciones financieras que deberían proteger a la propia economía y a los propios ciudadanos de EE UU. Las empresas pueden demandar en los tribunales a los gobiernos, pidiéndoles recibir compensación plena por cualquier reducción de sus ganancias futuras esperadas, que sobreviniesen a consecuencia de cambios regulatorios.
Esto no es sólo una posibilidad teórica. Philip Morris ha demandado judicialmente a Australia y Uruguay por exigir etiquetas de advertencia en los cigarrillos. Es cierto que ambos países fueron un poco más allá en comparación con EE UU, ya que obligaron a los fabricantes de cigarrillos a incluir imágenes gráficas que muestran las consecuencias del consumo de tabaco.
El etiquetado está logrando su cometido, ya que es desalentador para los fumadores y disminuye el consumo de cigarrillos. Así que ahora Philip Morris exige indemnizaciones por la pérdida de ganancias.
En el futuro, si descubrimos que algún otro producto causa problemas de salud (por ejemplo, pensemos en el asbesto), los fabricantes en lugar de enfrentar demandas judiciales por los costos que nos impone a nosotros las personas comunes, podrían demandar a los gobiernos porque éstos estuviesen tratando de evitar que se maten a más personas. Lo mismo podría suceder si nuestros gobiernos imponen regulaciones más estrictas para protegernos de los efectos de las emisiones de gases de efecto invernadero.
Cuando presidí el Consejo de Asesores Económicos del presidente Bill Clinton, los grupos anti-ambientalistas intentaron promulgar una disposición similar, denominada “expropiaciones regulatorias”. Ellos sabían que una vez promulgada, las regulaciones se frenarían, simplemente porque el Gobierno no podía permitirse el lujo de pagar las compensaciones. Afortunadamente, tuvimos éxito y ganamos la batalla: hicimos que esta iniciativa retrocediese, tanto en los tribunales como en el Congreso de EE UU.
Las compañías no pueden usar los acuerdos comerciales para dictar cómo vamos a vivir
No obstante, ahora los mismos grupos están intentando realizar una triquiñuela para pasar por alto los procesos democráticos mediante la inserción de tales disposiciones en las facturas comerciales, ya que el contenido de las mismas se mantiene, en gran medida, en secreto para el público (pero no para las compañías que están presionando para conseguir dichas inserciones). Es sólo a consecuencia de fugas de información, y mediante charlas con los funcionarios del Gobierno que parecen estar más comprometidos con los procesos democráticos que llegamos a conocer lo que está pasando.
Es fundamental que el sistema de gobierno de EE UU cuente con un poder judicial imparcial y público, con normas legales construidas a lo largo de décadas, que se basen en principios de transparencia, precedentes y en las oportunidades que otorgan a los litigantes para que apelen las decisiones desfavorables. Todo esto está siendo dejado de lado, ya que los nuevos acuerdos exigen que las partes se sometan al arbitraje, que es un proceso privado, sin transparencia, y muy caro. Es más, esta forma de administración de justicia está a menudo plagada de conflictos de intereses; por ejemplo, los árbitros pueden ser “jueces” en un caso y defensores en un caso relacionado.
Los procesos judiciales son tan caros que Uruguay ha tenido que recurrir a Michael Bloomberg y a otros estadounidenses ricos, quienes están comprometidos con la salud, para poder defenderse en el juicio planteado por Philip Morris en su contra. Y, si bien las compañías pueden demandar, otros no pueden. Si hay una violación de otros compromisos –en lo referido a las normas laborales y ambientales, por ejemplo– los ciudadanos, sindicatos y grupos de la sociedad civil no tienen recursos legales mediante los cuales puedan personarse para plantear juicios.
Si alguna vez en la Historia hubo un mecanismo de solución de controversias que sólo toma en cuenta a una de las partes y que viola los principios básicos, este es dicho mecanismo. Es por esto que me uní a líderes expertos en asuntos legales en EE UU, incluyéndose entre ellos a profesionales de las Universidades de Harvard, Yale y Berkeley, en el envío de una carta al presidente Barack Obama explicándole cuán perjudiciales son estos acuerdos para nuestro sistema de justicia.
Los partidarios estadounidenses de tales acuerdos señalan que EE UU ha sido demandado solamente un par de veces hasta ahora, y no ha perdido un solo caso. Las empresas, sin embargo, apenas están empezando a aprender cómo utilizar estos acuerdos para su beneficio.
Es clave que EE UU tenga un poder judicial imparcial y público
Y los abogados corporativos de importantes minutas en EE UU, Europa y Japón probablemente superen a los deficientemente remunerados abogados de los gobiernos, quienes intentan defender el interés público. Peor aún, las empresas de los países avanzados pueden crear filiales en los países miembros a través de las cuales invierten nuevamente el dinero en sus países de origen y posteriormente plantean demandas judiciales, lo que les brinda un nuevo canal para bloquear las regulaciones.
En caso de que hubiera una necesidad de mejorar la protección de la propiedad, y en caso de que este mecanismo privado y caro para la resolución de controversias fuese superior a un poder judicial público, deberíamos estar cambiando la ley no sólo para las adineradas empresas extranjeras, sino también para nuestros propios ciudadanos y pequeñas empresas. Pero nada indica que este sea el caso.
Las reglas y regulaciones determinan en qué tipo de economía y sociedad viven las personas. Dichas reglas y regulaciones afectan el poder de negociación relativo, con importantes implicaciones para la desigualdad, que es un problema creciente en todo el mundo. La pregunta es si debemos permitir que las compañías ricas usen disposiciones ocultas en los llamados acuerdos de comercio para dictar cómo vamos a vivir en el siglo XXI. Espero que los ciudadanos en EE UU, Europa, y el Pacífico respondan con un rotundo no.

Joseph E. Stiglitz, es premio Nobel de Economía y profesor en la Universidad de Columbia. Su libro más reciente, en coautoría con Bruce Greenwald, es Creating a Learning Society: A New Approach to Growth, Development, and Social Progress.
Copyright: Project Syndicate, 2015.
www.project-syndicate.org. Traducido del inglés por Rocío L. Barrientos.

martes, 19 de mayo de 2015


Antes y después de Cruyff

El Barça recortó la distancia con el Madrid y gobierna el fútbol desde que aplica la lógica futbolística del holandés


FC Barcelona
Messi conduce el balón entre la defensa del Atlético, durante el partido del domingo en el Calderón. / Andres Kudacki (AP)

Hay un antes y un después de Johan Cruyff en la vida del Barça. Los azulgrana han ganado más Ligas a partir del estreno del entrenador holandés en 1990 (13) que antes de su llegada al Camp Nou (10), un período que abarca desde 1928 hasta 1985, año del reinado de Terry Venables, que acabó con la fatídica final de Sevilla en 1986. No es una cuestión numérica, oportunista o casual sino futbolística: al Barcelona le va mucho mejor desde que aplica la lógica futbolística generada con Cruyff que al Madrid con el criterio comercial de Florentino Pérez. Los azulgrana han ganado cinco títulos en los últimos siete años, siete en 11 temporadas o si se quiere 13 desde 1990 por siete del Madrid. Antes de 1990 precisamente, la diferencia Barça-Madrid era de 10-25, ahora es de 23-32 Ligas. Incluso ha cambiado el color desde que el Madrid fuera reconocido por la FIFA como el mejor club del Siglo XX. Los barcelonistas mandan en la nueva centuria: 7-5 en cuanto a Ligas y 3-2 por lo que respecta a la Champions, torneo hegemónico del Madrid (10).
El estilo y el modelo
A pesar de que la relación de Cruyff con el Barcelona ha sido variable, idílica en tiempos de Joan Laporta e inexistente con Sandro Rosell, su huella futbolística resulta incuestionable, definida sobre todo en la posesión de la pelota y gobierno del partido, expresado en la figura del mediocentro o 4, y en la de tres delanteros: 4-3-3. El modelo ha evolucionado tanto en los últimos años que hasta el propio Cruyff expresó en su día las dudas que le provocaba la contratación de Neymar y más tarde de Luis Suárez. “No sé”, advirtió, “cómo funcionarán dos gallos en el mismo gallinero”. El referente futbolístico, sin embargo, se ha mantenido con técnicos más cómplices o contrarios al propio Cruyff como Van Gaal, Rijkaard, Guardiola, Vilanova y Luis Enrique.
Nunca faltó el jugador que marcaba el estilo: Milla y Guardiola como volantes centrales y Xavi desde el puesto de interior derecho u 8
Igualmente decisiva ha sido la influencia de futbolistas de caracteres opuestos como son Ronaldinho o Messi. No ha faltado nunca, en cualquier caso, el jugador que marcaba el estilo desde posiciones diferentes: Milla y Guardiola como volantes centrales y Xavi desde el puesto de interior derecho u 8. Xavi precisamente ha ganado ocho Ligas, una más que Messi, y cuenta ya tantos títulos como Paco Gento: 23. Xavi será homenajeado el próximo sábado en el Camp Nou antes de su viaje a Qatar. La salida del capitán provocará el fichaje de un nuevo centrocampista, se supone que a partir de enero de 2016 cuando finalice la sanción de la FIFA.
El castigo no impidió de todas maneras que el Barcelona se reforzara hasta completar una delantera excelente: Messi, Luis Suárez y Neymar. El club azulgrana le ganó el pulso al Madrid por el brasileño, cuya incorporación todavía está en manos de la Audiencia Nacional, y aprovechó precisamente el desinterés blanco por el uruguayo después de su sanción en el Mundial de Brasil. Ha sabido competir el Barcelona con el Madrid en el mercado que tan bien parece controlar Florentino.
Los fichajes del destituido director deportivo Zubizarreta han funcionado —Ter Stegen, Bravo, Rakitic, Suárez, Mathieu, Rafinha— y desde el Camp Nou se tiene la sensación de que hay plantilla para seguir compitiendo a corto plazo por los distintos títulos. La prioridad es confirmar la continuidad de Luis Enrique y procurar que Messi continúe siendo feliz, la clave del éxito, como aventuró Guardiola. Varían los jugadores y cambian los entrenadores, pero el Barça le sigue dando vueltas a la idea que dejó Cruyff.

jueves, 7 de mayo de 2015

Messi destroza una gran obra de Guardiola

El 10 aparece como una divinidad cuando el encuentro era del Bayern y decide para el Barça con dos goles y la asistencia del tercero a Neymar

 
Messi salta para celebrar uno de sus dos goles
Messi salta para celebrar uno de sus dos goles. / Gustau Nacarino (REUTERS)

Messi no suda, no grita ni tampoco llora, nunca se vio una lágrima suya, a diferencia de las de Casaus, que eran azulgrana, ni tampoco hay constancia de una gota de su sangre, insensible en los partidos más estresantes como el de ayer en el Camp Nou. El 10 apareció como una divinidad en un momento en que el encuentro era del Bayern, cuando en la hinchada se convencía de las bondades de un 0-0, Rakitic aguantaba al Barça y calentaba Xavi. No rompía el encuentro por ningún sitio y entonces Messi descerrajó el portal del gigante Neuer con dos tiros opuestos, uno seco y otro suave, terminales para el equipo de Guardiola.

BARCELONA, 3 - BAYERN, 0

Barcelona: Ter Stegen; Alves, Piqué, Mascherano (Bartra, m. 89), Alba; Rakitic (Xavi, m. 82), Busquets, Iniesta (Rafinha, m. 87); Messi, Luis Suárez y Neymar. No utilizados: Bravo; Pedro, Adriano y Vermealen.
Bayern de Múnich: Neuer; Boateng, Benatia, Rafinha; Lahm, Schweinsteiger, Xabi Alonso, Thiago, Bernat; Müller (Gotze, m. 79) y Lewandowski. No utilizados: Reina; Dante, Javi Martínez, Pizarro, Scholl, Weiser.
Goles: 1-0. M. 77. Messi aprovecha una recuperación de Alves. 2-0. M. 80. Messi pica el balón ante Neuer. 3-0. M. 94. Caño de Neymar, que es asistido por Messi.
Árbitro: Nicola Rizzoli (Italia). Amonestó a Xabi Alonso, Alves, Benatia, Bernat, Piqué, Neymar.
Camp Nou: 95.369 espectadores.

Aunque ni siquiera fue nombrado, Guardiola salió como un señor del Camp Nou. Jugó el Bayern con la grandeza de los mejores, sin reparar en las ausencias de Robben y Ribery, excelente en el juego colectivo, capaz de competir con el Barça. Los azulgrana estuvieron activos y ambiciosos, enérgicos y competitivos en una noche sin concesiones, lamentos, romanticismos ni ñoñerías, entregados los dos equipos a una afrenta muy seria para suerte del Camp Nou. Nadie había descifrado tan bien hasta ahora al Barça como Pep. No hay antídoto posible, sin embargo, contra Messi.
El secreto no estaba en las alineaciones, hasta cierto punto cantadas, sino en cómo los jugadores se repartían el campo, especialmente los del Bayern de Guardiola, que prefirió a un todocampista de la talla de Schweinsteiger a un media punta indefinido y famoso como Götze. El encuentro parecía girar al fin y al cabo alrededor de Messi. Y Guardiola basculó a su equipo hacia la banda del 10 mientras abría la cancha por la derecha para Thiago y llenaba la divisoria con un medio más a cambio de defender con tres, una temeridad si se tiene en cuenta la nómina de delanteros azulgrana: Messi, Luis Suárez y Neymar.
El plan de Guardiola propició un cuarto de hora de vértigo, imposible de digerir para los volantes, superados por el ir y venir de defensas y delanteros, una locura para los porteros, expuestos a situaciones de mano a mano como la que afrontó Neuer con Luis Suárez. El meta le ganó la partida al ariete y se acabó el riesgo y la diversión, menguó la tensión, se pasó de la locura a la cordura y se calmó el Camp Nou. A partir de la recomposición de líneas alemana, ya con un esquema más convencional (4-4-2), se impuso el orden, se achicaron los espacios y se acabaron los mano a mano que había propiciado el 3-5-2 inicial del Bayern.

Nada pudieron opinar los alemanes, convertidos en carne de cañón por Leo, como temía Pep

Incluso con la contienda atemperada nadie reparó en la figura de Guardiola, ignorado cuando se cantaron las formaciones, sin mención alguna, como si fuera un técnico rival cualquiera, concentrada como estaba la hinchada en un partido agotador, dominado por la grandeza de Neuer. El meta, imponente con los pies, marcó las diferencias ante Alves (m. 38) y Suárez (m. 11), exuberante el lateral e inteligente el delantero, sobresalientes en el despliegue del Barça. Aunque el marcador ni pestañeó, los dos equipos agradecieron el descanso después de batirse de manera soberbia, como demanda la Champions.
El desgaste físico fue tan brutal como el psicológico, digno de un thriller por su interés y emoción, muy absorbente para el espectador, igual de concentrado que los jugadores, incluido Messi. Aunque al 10 le costó salir de la defensa de ayudas que montó el Bayern, nunca le dio la espalda al encuentro sino que se ofreció como extremo o volante, de acuerdo a las necesidades del Barça, que siempre tuvo más peso en el partido que el Bayern. Los jugadores sabían, también Messi, que cualquier descuido penalizaba, que un error podía ser definitivo en un choque de máximos, intenso, digno de la Copa de Europa.

Ni siquiera su progenitor futbolístico, quien más le ha entendido, sabe cuál es su secreto.

La cita exigía futbolistas mayúsculos, y más por parte del Barcelona, que pasó un mal rato en la reanudación, gobernada por la serenidad y despliegue del Bayern. Rakitic sostuvo entonces al Barcelona mientras calentaba Xavi. Aparentemente necesitaba paciencia el Barça. Al Bayern le perdió entonces la confianza, la superioridad con que jugaba, el punto de soberbia en la salida del balón, perdido por el lateral ante el arrebato de Alves. El brasileño anticipó, robó, aceleró y la puso para Messi, que no perdonó a Neuer. Messi entró en acción y ya no paró hasta meter un segundo gol excelso por el recorte a Boateng.
Messi regateó al central del Bayern, descuartizado en la cancha, para después picar la pelota sobre la salida del inmenso Neuer. La jugada sacó del encuentro a los alemanes, entregados a un final de partido suicida, rematado en el tiempo añadido por un tercer gol, tras una asistencia de Messi, materializada por Neymar, excelente en la definición ante Neuer. Los azulgrana entraron en combustión y alrededor del 10 se convirtieron en la máquina de matar, en el equipo que rebosaba salud desde Anoeta, el estadio que marca el punto de inflexión del Barça. Nada pudo opinar el Bayern, convertido en carne de cañón por Messi como temía Guardiola.
Nadie hubiera dicho que el Bayern estaba mutilado, atacado por una depresión y un rosario de calamidades, hasta que apareció Messi y marcó el camino hacia la final de Berlín. Ni siquiera su progenitor futbolístico, quien más ha entendido al 10, como es Guardiola, sabe cuál es el secreto de Messi. Ni suda, ni llora, ni sangra, simplemente marca goles de fábula como el segundo, suficiente para marcar diferencias, digno de ser tatuado en su brazo izquierdo después de que en el derecho ya luzca una de las vidrieras de la Sagrada Familia, una obra tan admirada como inacabada como el fútbol del propio Leo Messi. Tenía razón Guardiola: no hay remedio contra Messi.
Barcelona - Bayern