lunes, 15 de febrero de 2016


La obra cumbre de Messi

El 10 marca la diferencia en un partido muy bien jugado por el Celta y el Barça y presidido por un penalti indirecto que transformó Luis Suárez

Messi celebra su gol ante el Celta. EFE
El Celta es un equipo encantador, seguramente el que mejor le juega al Barça, tanto da que el partido se dispute en Vigo como en el Camp Nou. Tampoco importan sus alineaciones, por más futbolistas que le falten a Berizzo. La actuación colectiva de los celestes fue de nuevo tan irreprochable como el monólogo de Messi. El argentino lideró una función memorable del Barça. No hay antídoto contra el 10, protagonista de una obra majestuosa, porque convirtió en jugada de gol cada una de sus intervenciones: marcó de falta (1-0), como Koeman o si se quiere Kubala; asistió a Luis Suárez (2-1) y habilitó a Neymar antes de que volviera a rematar el 9 (3-1), igual que Maradona, y se vistió de Cruyff en la ejecución del penalti que le hizo Jonny en el 4-1.

La ficha técnica (El Periódico de Cataluña)

Barcelona 6 - Celta 1

BARCELONA: Bravo (8), Alves (5), Piqué (5), Mascherano (7), Alba (5); Sergi Roberto (6), Busquets (6), Iniesta (7); Messi (10), Suárez (10), Neymar (9).
Cambios: Aleix Vidal (6) por Alves (m. 60); Rakitic (7) por Sergi Roberto (m. 60); Turan (sc ) por Iniesta (m. 77).
CELTA: Sergio (4), Hugo Mallo (4), Cabral (4), Jonny (5), Planas (5); Radoja (4), Wass (6), Beauveu (6), Pablo (4), Señe (5), Guidetti (7).
Cambios: Díaz (4) por Hernández (m. 64); Drazic (sc) por Guidetti (m. 76); Pape (sc) por Wass (m. 83).
ÁRBITRO: Hernández Hernández (6), canario. Amonestó a Cabral (m. 10), Planas (m. 26), Hugo Mallo (m. 42), Señe (m. 74).
GOLES: 1-0 (m. 26) Messi, de falta directa; 1-1 (m. 38) Guidetti, de penalti; 2-1 (m. 58) Suárez, a media altura; 3-1 (m. 75) Suárez, sobre la línea; 4-1 (m. 82) Suárez, de penalti indirecto; 5-1 (m. 84) Rakitic, de vaselina; 6-1 (m. 90) Neymar, solo ante Sergio.
ESTADIO: Camp Nou (72.580 personas).

Hartos ya de fallar Messi y Neymar el tiro desde los 11 metros —seis de 14—, el argentino tocó la pelota para la llegada del uruguayo y sorprender a Sergio Álvarez. Más o menos como Cruyff y Jesper Olsen en el Ajax-Helmond de diciembre de 1982. Los barcelonistas se recrearon después de aguantar la afrenta del orgulloso Celta. No pareció una falta de respeto sino una respuesta al escario por las penas marradas y un lujo acorde con el momento dulce de juego que vivía el Barça. No hay jugador más serio que Messi.
No llora el Celta; tampoco se abandona, siempre reconocible en la cancha por su ideario, incluso cuando en la alineación no figuran los centrales ni los delanteros titulares, remendado sobre la marcha por Berizzo. El plan es irrenunciable: la presión alta, la intensidad máxima y duelos individuales en las distintas zonas del Camp Nou. Jugó con la grandeza de siempre a pesar de contar con futbolistas menores o menos conocidos en la Liga.
A los azulgrana les escoció la derrota en Balaídos. No acostumbran a ser condescendientes, y menos ahora que el Madrid se ha liberado con Zidane y no cede el Atlético. Insistieron mucho, corrieron más y buscaron el desequilibrio a partir de las aceleraciones de un excelente Iniesta y de Messi. A la velocidad, sin embargo, le faltaba precisión, como se vio al poco de empezar en un tiro de Neymar tapado por Sergio. Igualmente determinante fue Bravo cuando le sacó un remate a Planas.
Los porteros mandaron durante un rato hasta que compareció Messi. El 10 transformó una falta directa desde unos 30 metros, perpendicular al poste izquierdo del arco del Celta, con un disparo potente y colocado que superó la barrera y se coló junto a la escuadra de Sergio Álvarez. A buen seguro que es uno de los mejores goles a balón parado de Messi, más templado y atinado que Neymar. El brasileño se mostró tan generoso como errático en la toma de decisiones y en el chut al marco del Celta. El equipo celeste, de todas maneras, tampoco atiende al marcador, ni siquiera cuando el rival es el Barcelona. Así que siguió dale que te pego, resistente, valiente y desafiante, punzante desde el costado de Beauvue, atento a cualquier desatención del Barça. Y encontró la recompensa en una imprudencia de Alba, que enganchó la pierna de Guidetti cuando se iba en dirección contraria a la de Bravo. El árbitro pitó el primer penalti de la Liga en contra del Barça y el ariete no perdonó la ingenuidad de Alba.
Neymar espabiló en la reanudación con un regate prodigioso al que Suárez no supo dar continuidad porque su tiro dio en el palo izquierdo de Sergio Álvarez. Los azulgrana le dieron más continuidad al juego, fueron más regulares y constantes, obsesivos en desgastar y reventar al Celta. Los celestes, sin embargo, no aflojaban, sino que su solidaridad defensiva fue tan extrema como la afrenta de Guidetti.
No hay, sin embargo, un futbolista más indesmayable que Luis Suárez. El uruguayo se apoyó en Messi, excelso en el pique del cuero para superar a la zaga, y remató a bote pronto a la red para igualar en el pichichi con Cristiano Ronaldo: 21. La mayor implicación de Neymar y la entrada de Aleix Vidal y Rakitic permitieron respirar al Barcelona a pesar de que Gudetti y Wass ponían en aprietos la inestable defensa del Barcelona.
La pugna duró hasta que volvió Messi, excelente con su diagonal, asistente de un virguero Neymar, que se deshizo del portero para tocar la bola al segundo palo, donde apareció la puntera de Suárez. El gol tuvo un efecto terapéutico para los azulgrana y cerró el choque para el Celta. Neymar afinó, persistió Suárez —máximo artillero: 23— y se superó Messi, ahora con un penalti indirecto rematado por el 9 en el maldito gol norte del Camp Nou. La contienda se acabó con dos tantos más que encumbraron al tridente y coronaron la exhibición del Barça tras una hora excelente del Celta. No hay quien pare a Messi, jugador, goleador, asistente, más futbolista 10 que nunca, cuando se pone a jugar, y menos en el Camp Nou.

Gracias Messi

La penúltima genialidad del astro frente al Celta pone el arte bajo sospecha y resucita a la España más cainita


Hay jugadas tan sublimes que rebobinadas impactarán incluso más que en directo, porque jamás quedarán destinadas al olvido que seremos. La rutina es fugaz, pero como en todo arte, las genialidades son imperecederas, póstumas. La última originalidad, el lírico penalti entre Messi y sus distinguidos colegas, ya está bajo llave en el archivo del tesoro del fútbol, por más que le pese a esa España cainita, siempre con sus grasientas baterías a tiro.
Cuesta creer que haya que justificar el ingenio, como si este se confabulara contra algo o alguien. Lejos de gozar de una acción cósmica, del penúltimo testamento de Messi, resulta que de forma instantánea se reproducen los debates sobre si fue o no una irrespetuosa moña burlona. El mero planteamiento ya es delirante. ¿Por qué no satanizar al Leónidas que marcaba descalzo, al Pelé que hizo descarrilar a Mazurkiewicz, al Garrincha que hacía chistes con los pies, al Di Stéfano que goleaba de tacón, al Higuita del escorpión, al Best que tiraba paredes con las piernas de los contrarios, al Guti de ojos en la nuca que la lió con Benzema en Riazor, al Panenka que inmortalizó una suerte de penaltis de alto riesgo…? Por desgracia, hay quien prefiere atrofiar la osadía. La enemiga, claro. ¿Cuándo fue deplorable la célebre inventiva de Alí, Jordan o Federer? La España futbolera, según a quién, no se lo consiente.
Messi, lejos del narcisismo imperante, estaba ante su gol 300 en Liga, pero prefirió explorar una vía. El Barça, con él incluido, ya había fallado 6 de 14 penaltis. La treta estaba preparada para Neymar, que llevaba unas jornadas seco. Por suerte, se interpuso Luis Suárez. Por suerte, sí, porque de haber sellado Ney el gol la bronca se hubiera disparado todavía más.
A este chico se le niega la dicha brasileña, la más embriagadora que haya conocido el fútbol, la más recreativa. Puede que a veces le sobre algún arabesco, pero Neymar es una oda al fútbol, un jugador con un catálogo extraordinario, fuera del alcance de los mortales. Alguien capaz de hacer volar sus piernas por un lado y la cintura por otro, de hacer rodar la pelota como si llevara lubricante en los tacos. Improvisa rutas de evacuación con fantasía, tira sombreros, amaga como si tuviera una lagartija en los calzoncillos. Recursos asombrosos, como las ruletas de Zidane e Iniesta, gente que piropea a la pelota, que engrandece este deporte. Neymar forma parte del Bolshoi del fútbol, pero está bajo sospecha en esa otra España, la de la casposa inquina a determinados personajes que escapen de la ortodoxia. Aquellos que creen poder distribuir a su antojo el carné de genio.
Después de haber utilizado al árbitro como señuelo para ventilar el marcaje de Planas y haber dislocado a Jony con un regate de época en la jugada del penalti, la agudeza la Pulga y sus socios fue de lo más intrépida. De acuerdo que no iban 0-0, ¿pero alguien concibe que Messi sea menos audaz que Panenka? Le pudo salir una “cantinflada” como a Pires y Henry en su momento, lo que revaloriza aún más su ejecución. Se expusieron a un ridículo universal, y no les importó. Solo resta que alguien con la sensibilidad literaria de Jorge Valdano con el gol totémico de Maradona haga ahora el relato de cómo se las ingeniaron estos maravillosos locuelos. Leo no lo hará, su verso se limita al césped. En todo caso, gracias Messi. Y que se mejore Johan, que en la semana en la que va ganando 2-0 al cáncer, intencionado o no, Messi sabrá, no pudo tener mejor homenaje

miércoles, 27 de enero de 2016


La metamorfosis de Rakitic

El medio del Barcelona, epicentro del juego en el Sevilla, conquista el Camp Nou en un año y medio gracias a su ejercicio solidario

Rakitc regatea a Susaeta. EFE
Iván Rakitic (Möhlin, Suiza; 27 años) fue el primer capitán extranjero del Sevilla desde que lo fuera en su día Maradona, ya de capa caída con su sugerente barriga pero no con su liderazgo ni con sus pies como demostró con esa pelota de papel sobre la línea de fondo. El centrocampista croata —nacionalizado por los orígenes de su padre— no tiene ese talento superdotado sobre el tapete, por más que gobernara el fútbol del Sevilla, pues todos jugaban para él, catapulta y punto final porque hace dos cursos firmó 15 dianas y 18 asistencias de gol. Méritos que le valieron para firmar por el Barcelona, donde se le exigió no perder su personalidad aunque sí parte de su juego porque debía adaptarse al contexto sin pisar tanto el área para entregarse al juego colectivo. De rey a sirviente con la confianza ciega de Luis Enrique y de la plantilla. “Es normal, se entiende y se trata de ayudar al equipo”, explica Rakitic, que se presupone participará del duelo de esta noche en Copa ante el Athletic (21.30 C+ Partidazo / 1-2 en la ida); “en cada equipo tienes un rol diferente, pero lo más importante es entenderlo y tirar hacia delante, aunque luego se quiera tener un rol especial dentro del grupo”.
No es casualidad que en casi cada encuentro Rakitic sea quien más kilómetros completa, aunque pronto se le quede la cara roja por el esfuerzo. Y eso que antes de cada partido come hidratos y se bebe de cinco a seis litros de agua. “Mi mujer dice que cambio de aspecto, que me quedo como más chupado… Pero sí, acabo agotado”, cuenta el futbolista. “No para de correr. Es una verdadera máquina”, intercede su compañero Piqué. Para ello, se cuida a más no poder. Resulta que cada dos o tres meses revisa un programa individualizado de trabajo que realiza en su casa, extra a lo que ya hace en la ciudad deportiva del Barcelona. “Siempre intento trabajar más. Mucho más”, admite, al tiempo que también reconoce que cuando se lo permite el calendario disfruta de unos buenos partidos de pádel y de tenis, incluso de baloncesto.
Cada dos o tres meses revisa un programa individualizado de trabajo que realiza en su casa, extra a lo que ya hace en la ciudad deportiva
Luego, claro, aprovecha para pasar tiempo con su mujer y su hija Altea, feliz porque dentro de unos meses vendrá una hermanita a la que todavía no le han puesto nombre. Aunque para desconectar no es raro verle pasear por Gavà Mar con sus dos perros: Bruno, un labrador de cuatro años y medio; y Enzo, un pomerania de apenas un año. O aprender un poco más de catalán, idioma con el que ya se defiende y que sería el octavo en su repertorio junto al castellano, inglés, italiano, francés, alemán, alemán suizo y croata.
En un curso y medio, adaptado del todo a la ciudad y al equipo, Rakitic ha cambiado en parte su concepción del fútbol. Antes, atacaba; ahora, hace de todo. Así lo explican sus números, con 80 recuperaciones en la Liga. Lo que sale a 4,2 por partido, solo por detrás de Busquets (6), Piqué (5,7) y Alba (5,6), aunque lejos de los registros goleadores de antaño porque suma dos en Liga y otros dos en la Champions, también cuatro asistencias en la temporada.

El comodín de Messi
“Al final mucha gente no lo ve, pero robar un balón también te llena de satisfacción porque supone hacer un trabajo que puede provocar una oportunidad para marcar goles”, señala; “no es lo mismo, pero es una alegría y me gusta porque eso ayuda al equipo. Así que seguiré intentándolo”. Jauja para el costado de Alves y Messi, focalizados con frecuencia en el ataque y despistados más veces de la cuenta en defensa. “Si hay que hacer 5.000 metros, pues se hacen porque si jugamos para Leo es porque se lo ha ganado y trabajado. También cubro a Dani porque a veces es otro extremo. Y si con eso vuelvo a ayudar al equipo, pues ya está bien”, conviene, aunque también asegura que trabajar en defensa no le quita su “voluntad de atacar cuando se pueda”. Y tal es la incidencia de Rakitic en el equipo, que en la Liga sólo se ha perdido un encuentro —ha disputado 16 de titular (11 completos) y tres de suplente— y fue por un problema muscular en el gemelo. Luis Enrique, entonces, fue diáfano: “Su lesión nos trastoca los planes por el nivel que tiene”.
Para Rakitic la transformación es un proceso amable. “Si no disfruto en el mejor club del mundo, no lo haré nunca”, advierte. Y, competitivo como es, le encanta pertenecer al Barcelona por los títulos y las copas, también por el intercambio de camisetas en Europa, todo trofeos que acumula en una habitación de su casa. “Es mi mini museo”, asegura satisfecho; “porque allí se ve reflejado todo lo que hago en mi trabajo”.

viernes, 22 de enero de 2016


El Barça noquea al Madrid con una canasta de Doellman sobre la bocina

Los azulgrana remontan 16 puntos de desventaja y vencen al equipo de Laso, emotivo pero inconsistente


El Barça celebra su triunfo en presencia de Llull.
El Barça celebra su triunfo en presencia de Llull. EFE
En un duelo bravo y pasional, ciclotímico por momentos y vibrante siempre, el Barcelona se llevó el triunfo en el clásico europeo enlazando su segunda victoria consecutiva en Madrid en menos de un mes. Ganaron los de Xavi Pascual con un lanzamiento demoledor de Doellman sobre la bocina que coronó una remontada imponente sin Navarro, caído en combate al comienzo del tercer cuarto. El campeón, espoleado desde la emotividad y abrazado a la furia que le trajo el regreso de Llull llegó a ir venciendo por 16 puntos de ventaja antes del descanso, pero en un final de tanda de penaltis, en el que Pau Ribas embocó sus dos tiros libre y Felipe Reyes falló una de sus dos opciones, terminó pidiendo cita para el diván tras la 13ª derrota en 33 partidos.
El Barcelona superó a su rival en velocidad de reacción y, tras el pistoletazo de salida, firmó un parcial de 2-10 con 8 puntos de Doellman. Pero el campeón no se sofocó y convirtió la embestida azulgrana en un espejismo. El conjunto de Laso ajustó las tuercas en defensa, se entregó a la batuta de Sergio Rodríguez y protagonizó una oda al propósito de enmienda concentrada en cinco minutos de furia. El resultado fue una sacudida de 20 puntos (con 7 del Chacho, 5 de Carroll y 4 de Ayón) que dejó grogui a un Barça confiado (20-10, m. 7).
Pascual agitó el banquillo para espabilar a su quinteto y con Ribas, Oleson y Samuels capeó mínimamente el temporal (22-17). Sin embargo, para entonces el Madrid ya había recuperado a su pieza más visceral. A falta de 1m 53s para el final del primer cuarto, Sergio Llull, recuperado de la lesión en los isquiotibiales del muslo izquierdo que se produjo en el clásico liguero, puso fin a 25 días de baja sin que la inactividad dejara rastro alguno en su vigor y puntería. Lo acreditó con un lanzamiento inverosímil desde ocho metros de su factoría de imposibles que desató la euforia de la parroquia madridista y puso colofón al primer acto (27-17).
El parqué del Barclaycard Center se jubilaba tras más de una década de baloncesto en sus tablas y la pareja de bases del Madrid decidió abrillantarlo para celebrar su reencuentro. Con 13 puntos del Chacho en los dos primeros cuartos (impecable en el tiro con tres triples y 5 de 5 en tiros de campo) y 9 más de Llull (13 puntos en 13 minutos en su expediente total), el Madrid descosió al Barça (35-19, m. 12). La brega de Felipe en la pintura, con una colección de rebotes de alto standing, y el martillo de Ayón sirvieron a los blancos para mantener a raya al equipo de Pascual que no encontraba ni el paso ni la tecla. La intensidad y la concentración de ambos contendientes quedaron retratadas en la estadística. Al descanso: 4-0 en robos a favor de los blancos y siete pérdidas en el casillero azulgrana por tres de su rival. Pero todo cambió tras el paso por la caseta.
El esmero en la dosificación física de Llull provocó su alternancia con Sergio Rodríguez en lugar de la habitual compaginación de ambos en pista para deshacer entuertos mezclando garra y tiento. Ahí se acható la rotación del Madrid y se reivindicó la del Barça. Cayó Navarro, con problemas en la rodilla derecha. Pero, primero con Satoransky y Ribas en la dirección y más tarde con Perperoglou en la ejecución, los azulgrana ejecutaron la voladura controlada del castillo que había construido el Madrid con un parcial de 2-20. Del 61-47 del minuto 26 se pasó al 63-67 del 31 tras un triple de Doellman y un mate de Tomic.
Carroll rellenó a toda velocidad la instancia con la que opositar a héroe de la noche y, con nueve puntos consecutivos colocó al Madrid en ventaja en plena recta de meta (83-80 a 1m 40s del final). Pero el Barça, que había olido la sangre, se rearmó para terminar de cazar a su presa. Las 13 asistencias del Chacho se quedaron pequeñas ante los 24 puntos de Doellman (con un impresionante 6 de 6 en triples). Tras un carrusel de faltas estratégicas en el que Pascual ganó la partida a Laso y a Felipe le tembló el pulso, el pívot estadounidense selló el triunfo azulgrana sobre el alambre. Los de Laso resbalaron en la cornisa.

jueves, 21 de enero de 2016


El talento del Barcelona puede con el entusiasmo del Athletic

Los goles de Munir y Neymar impulsan a los azulgrana en la Copa, vencedores en San Mamés

Barcelona vs Athletic de Bilbao en la Copa del Rey
Rakitic, Arda e Iniesta festejan un gol. EFE
El Barça, sin Messi ni Luis Suárez, ganó en San Mamés. Quizás esa sea la noticia, quizás ese sea el resumen de un partido que nacía con la pólvora intacta del Athletic, al amparo de sus fogoneros, tras quemarse las manos y los brazos en el Nou Camp tres días antes, pero que acabó convertido en fuegos artificiales, menos espectaculares de lo previsible, tan estruendosos como se esperaba. Fue el Barcelona un equipo práctico, ahorrador, poco detallista, eficaz, a veces humilde, a veces sobrado, frente a un Athletic que tiró más petardos que tracas, como en las fiestas de los pequeños pueblos donde el ruido sustituye al color. Ganó el Barça sin Messi ni Suárez y esa será su mejor noticia, más allá de dar dos pasos de tres para acceder a las semifinales de la Copa, el objetivo matemático. El otro tiene más que ver con lo anímico, con lo psicológico, con lo deportivo.
El partido murió joven. Fue una lástima porque apuntaba maneras. La lucha entre el entusiasmo y el talento es como el aceite en la ensalada: realza los sinsabores. Sobrevolaban en San Mamés seis moscas zumbonas y el Athletic había cargado la escopeta de optimismo; el Barça de prudencia. Tales fueron las precauciones del Barcelona, que vivió 15 minutos como los equipos precarios: orientándose en la niebla, capeando el temporal, a veces acogotado, siempre deshilachado, como si el azul turquesa le hubiera borrado las señas de identidad. El Athletic superaba con facilidad el puesto de mando de Busquets, lo que significa automáticamente peligro en la retaguardia. Pero atacaba sin balas Se lanzaba al vacío, como los intrépidos, sin encontrar a Aduriz, su clavadista, ni a Williams, la espada en la tarta. Llovía, pero no tronaba. Sin Raúl García, a Aduriz le falta la maroma del gol. Eraso le inflama el pulmón, pero lo ve de lejos.

ATHLETIC, 1 - BARCELONA, 2

Athletic: Herrerín; De Marcos, Etxeita, Laporte, Lekue; Beñat (San José, m.67), Iturraspe; Williams, Eraso (Sabin Merino, m. 61), Susaeta (Muniain, m.55); y Aduriz. No utilizados: Gorka; Gurpegi, Balenziaga y Rico.
Barcelona: Ter Steen; Alves, Piqué, Mascherano, Sergi Roberto (Adriano, m. 73); Rakitic, Busquets, Iniesta; Arda (Aleix Vidal, m.65), Munir (Sandro, m.79) y Neymar. No utilizados: Masip; Douglas, Bartra y Vermaelen.
Goles: 0-1. M. 17. Munir. 0-2. M. 24. Neymar. 1-2. M.43. Aduriz.
Árbitro: González González. Amonestó a Iniesta, Laporte, De Marcos, Etxeita, Sabin Bilbao, Iturraspe, Mascherano, Alves y San José.
San Mamés: 53.000 espectadores.

En la adolescencia del partido, el Athletic fue un chico listo y el Barça, el nuevo de la clase, el que se sabe la lección pero antes otea no vaya a ser que le acusen de empollón. Iniesta, Rakitic y Arda jugaban con el ánimo encogido o a paciencia exagerada. Neymar, no. Neymar sabía que tenía en San Mamés uno de esos partidos que hay que disputar con sordera. Si le hubieran dejado, lo habría hecho con los cascos escuchando regatón. Él fue el primero que se saltó el orden establecido con algunas escapadas para mostrar la mochila de su talento. Era el único superviviente de la envidiable delantera tras la sanción de Luis Suárez y la precaución de Messi. No podía pasar desapercibido. Sentía algo así como bajar de rango en el escalafón de la mitología. Pero se desconocía cuál sería el resultado de la ecuación con Arda y Munir.
Andaba el Athletic rebuscando en la biblioteca defensiva del Barça con más entusiasmo que resultados, cuando el rival en cuatro toques metió gol. Le llego al balón a Alves, se lo dio a Rakitic, todos solos, abandonados por los defensas entusiastas, y el croata la puso en el punto de penalti y la rebañó Munir, reclamando el porqué del motivo de su presencia. Había acabado la adolescencia y la juventud del minuto 18 premiaba al Barça, con el exceso que siempre supone el gol.

Neymar pone la puntilla
Daba igual. En la mayoría de edad del partido, el adolescente, o sea el Athletic, se fue de clase. Corría por el recreo del campo, por la voluntad de Beñat o el coraje de Lekue, pero eran carreras de barriada, intensas, encrespadas, corajudas. Hasta que llegó Neymar, que vivía cómodamente en su apartamento de la banda izquierda y Etxeita le abrió la puerta del gol. El central rojiblanco lleva semanas adoleciendo de buena conducta, algo que figura en el certificado de penales de los defensas centrales. Si a eso le añades una desatención llena de dudas hamletianascuando se acerca el alón, lo normal es que Neymar te robe el DNI, el pasaporte y el equipaje. Y lo robó todo, superando incluso la salida desesperada de Herrerín, que no tocó ni pierna ni balón, ni césped. O sea, gol. O sea la muerte natural de un partido y quizás de la eliminatoria.
Del espíritu de agosto, de la Supercopa, del estímulo emocional ante la adversidad. En ese momento, recién inaugurada la juventud, en el minuto 24, el Barça fue el Barça. Iniesta encontró su sitio y el balón, o sea su equipo encontró el reloj que le marcase la hora, ese que adelanta y se para cuando es necesario para llegar a tiempo o para que el rival llegue tarde a todos los sitios.
Demasiado joven murió el partido para todo lo que quedaba por vivir. El Athletic, con la escopeta vacía, soñaba con las remontadas históricas. Más que fútbol, proponía pelea, corazón, esas sensaciones. Mejoró con la entrada de Muniain, que le dio tacto, y de Sabin Merino, que propuso envergadura. El Barça se acurrucó en el dormitorio placentero de sus goles y decidió que la guerra había terminado. Un par de salidas voluptuosas, un par de disparos lejanísimos de Munir y Piqué para vengar la afrenta de San José a Ter Stegen en la Supercopa. Y nada más. Oficio, porque dos goles a domicilio son muchos goles en la Copa y en la Liga. Y porque el Athletic, con todo su esfuerzo, su fe, apenas conseguía obras edificantes. Hasta el minuto 81 no consiguió exigir lo mejor de Ter Stegen, en un remate de Sabin que el alemán elevó por encima del larguero. Demasiado tránsito para tan poco recorrido. Demasiado sudor para tan poco sueldo.
Al menos cobró la paga extra, casi en la conclusión de la jornada, cuando Aduriz cazó un servicio de San José, desatendido por la defensa. En la Liga sería el gol de la honrilla, que se decía; en la Copa, los goles valen más, pero saben a poco cuando el rival consigue más. Quizás hubo mucha pólvora mojada, pero la que explotó la incendió el Barça. Y es lo que cuenta, lo que queda, lo que vale.