miércoles, 27 de enero de 2016


La metamorfosis de Rakitic

El medio del Barcelona, epicentro del juego en el Sevilla, conquista el Camp Nou en un año y medio gracias a su ejercicio solidario

Rakitc regatea a Susaeta. EFE
Iván Rakitic (Möhlin, Suiza; 27 años) fue el primer capitán extranjero del Sevilla desde que lo fuera en su día Maradona, ya de capa caída con su sugerente barriga pero no con su liderazgo ni con sus pies como demostró con esa pelota de papel sobre la línea de fondo. El centrocampista croata —nacionalizado por los orígenes de su padre— no tiene ese talento superdotado sobre el tapete, por más que gobernara el fútbol del Sevilla, pues todos jugaban para él, catapulta y punto final porque hace dos cursos firmó 15 dianas y 18 asistencias de gol. Méritos que le valieron para firmar por el Barcelona, donde se le exigió no perder su personalidad aunque sí parte de su juego porque debía adaptarse al contexto sin pisar tanto el área para entregarse al juego colectivo. De rey a sirviente con la confianza ciega de Luis Enrique y de la plantilla. “Es normal, se entiende y se trata de ayudar al equipo”, explica Rakitic, que se presupone participará del duelo de esta noche en Copa ante el Athletic (21.30 C+ Partidazo / 1-2 en la ida); “en cada equipo tienes un rol diferente, pero lo más importante es entenderlo y tirar hacia delante, aunque luego se quiera tener un rol especial dentro del grupo”.
No es casualidad que en casi cada encuentro Rakitic sea quien más kilómetros completa, aunque pronto se le quede la cara roja por el esfuerzo. Y eso que antes de cada partido come hidratos y se bebe de cinco a seis litros de agua. “Mi mujer dice que cambio de aspecto, que me quedo como más chupado… Pero sí, acabo agotado”, cuenta el futbolista. “No para de correr. Es una verdadera máquina”, intercede su compañero Piqué. Para ello, se cuida a más no poder. Resulta que cada dos o tres meses revisa un programa individualizado de trabajo que realiza en su casa, extra a lo que ya hace en la ciudad deportiva del Barcelona. “Siempre intento trabajar más. Mucho más”, admite, al tiempo que también reconoce que cuando se lo permite el calendario disfruta de unos buenos partidos de pádel y de tenis, incluso de baloncesto.
Cada dos o tres meses revisa un programa individualizado de trabajo que realiza en su casa, extra a lo que ya hace en la ciudad deportiva
Luego, claro, aprovecha para pasar tiempo con su mujer y su hija Altea, feliz porque dentro de unos meses vendrá una hermanita a la que todavía no le han puesto nombre. Aunque para desconectar no es raro verle pasear por Gavà Mar con sus dos perros: Bruno, un labrador de cuatro años y medio; y Enzo, un pomerania de apenas un año. O aprender un poco más de catalán, idioma con el que ya se defiende y que sería el octavo en su repertorio junto al castellano, inglés, italiano, francés, alemán, alemán suizo y croata.
En un curso y medio, adaptado del todo a la ciudad y al equipo, Rakitic ha cambiado en parte su concepción del fútbol. Antes, atacaba; ahora, hace de todo. Así lo explican sus números, con 80 recuperaciones en la Liga. Lo que sale a 4,2 por partido, solo por detrás de Busquets (6), Piqué (5,7) y Alba (5,6), aunque lejos de los registros goleadores de antaño porque suma dos en Liga y otros dos en la Champions, también cuatro asistencias en la temporada.

El comodín de Messi
“Al final mucha gente no lo ve, pero robar un balón también te llena de satisfacción porque supone hacer un trabajo que puede provocar una oportunidad para marcar goles”, señala; “no es lo mismo, pero es una alegría y me gusta porque eso ayuda al equipo. Así que seguiré intentándolo”. Jauja para el costado de Alves y Messi, focalizados con frecuencia en el ataque y despistados más veces de la cuenta en defensa. “Si hay que hacer 5.000 metros, pues se hacen porque si jugamos para Leo es porque se lo ha ganado y trabajado. También cubro a Dani porque a veces es otro extremo. Y si con eso vuelvo a ayudar al equipo, pues ya está bien”, conviene, aunque también asegura que trabajar en defensa no le quita su “voluntad de atacar cuando se pueda”. Y tal es la incidencia de Rakitic en el equipo, que en la Liga sólo se ha perdido un encuentro —ha disputado 16 de titular (11 completos) y tres de suplente— y fue por un problema muscular en el gemelo. Luis Enrique, entonces, fue diáfano: “Su lesión nos trastoca los planes por el nivel que tiene”.
Para Rakitic la transformación es un proceso amable. “Si no disfruto en el mejor club del mundo, no lo haré nunca”, advierte. Y, competitivo como es, le encanta pertenecer al Barcelona por los títulos y las copas, también por el intercambio de camisetas en Europa, todo trofeos que acumula en una habitación de su casa. “Es mi mini museo”, asegura satisfecho; “porque allí se ve reflejado todo lo que hago en mi trabajo”.

viernes, 22 de enero de 2016


El Barça noquea al Madrid con una canasta de Doellman sobre la bocina

Los azulgrana remontan 16 puntos de desventaja y vencen al equipo de Laso, emotivo pero inconsistente


El Barça celebra su triunfo en presencia de Llull.
El Barça celebra su triunfo en presencia de Llull. EFE
En un duelo bravo y pasional, ciclotímico por momentos y vibrante siempre, el Barcelona se llevó el triunfo en el clásico europeo enlazando su segunda victoria consecutiva en Madrid en menos de un mes. Ganaron los de Xavi Pascual con un lanzamiento demoledor de Doellman sobre la bocina que coronó una remontada imponente sin Navarro, caído en combate al comienzo del tercer cuarto. El campeón, espoleado desde la emotividad y abrazado a la furia que le trajo el regreso de Llull llegó a ir venciendo por 16 puntos de ventaja antes del descanso, pero en un final de tanda de penaltis, en el que Pau Ribas embocó sus dos tiros libre y Felipe Reyes falló una de sus dos opciones, terminó pidiendo cita para el diván tras la 13ª derrota en 33 partidos.
El Barcelona superó a su rival en velocidad de reacción y, tras el pistoletazo de salida, firmó un parcial de 2-10 con 8 puntos de Doellman. Pero el campeón no se sofocó y convirtió la embestida azulgrana en un espejismo. El conjunto de Laso ajustó las tuercas en defensa, se entregó a la batuta de Sergio Rodríguez y protagonizó una oda al propósito de enmienda concentrada en cinco minutos de furia. El resultado fue una sacudida de 20 puntos (con 7 del Chacho, 5 de Carroll y 4 de Ayón) que dejó grogui a un Barça confiado (20-10, m. 7).
Pascual agitó el banquillo para espabilar a su quinteto y con Ribas, Oleson y Samuels capeó mínimamente el temporal (22-17). Sin embargo, para entonces el Madrid ya había recuperado a su pieza más visceral. A falta de 1m 53s para el final del primer cuarto, Sergio Llull, recuperado de la lesión en los isquiotibiales del muslo izquierdo que se produjo en el clásico liguero, puso fin a 25 días de baja sin que la inactividad dejara rastro alguno en su vigor y puntería. Lo acreditó con un lanzamiento inverosímil desde ocho metros de su factoría de imposibles que desató la euforia de la parroquia madridista y puso colofón al primer acto (27-17).
El parqué del Barclaycard Center se jubilaba tras más de una década de baloncesto en sus tablas y la pareja de bases del Madrid decidió abrillantarlo para celebrar su reencuentro. Con 13 puntos del Chacho en los dos primeros cuartos (impecable en el tiro con tres triples y 5 de 5 en tiros de campo) y 9 más de Llull (13 puntos en 13 minutos en su expediente total), el Madrid descosió al Barça (35-19, m. 12). La brega de Felipe en la pintura, con una colección de rebotes de alto standing, y el martillo de Ayón sirvieron a los blancos para mantener a raya al equipo de Pascual que no encontraba ni el paso ni la tecla. La intensidad y la concentración de ambos contendientes quedaron retratadas en la estadística. Al descanso: 4-0 en robos a favor de los blancos y siete pérdidas en el casillero azulgrana por tres de su rival. Pero todo cambió tras el paso por la caseta.
El esmero en la dosificación física de Llull provocó su alternancia con Sergio Rodríguez en lugar de la habitual compaginación de ambos en pista para deshacer entuertos mezclando garra y tiento. Ahí se acható la rotación del Madrid y se reivindicó la del Barça. Cayó Navarro, con problemas en la rodilla derecha. Pero, primero con Satoransky y Ribas en la dirección y más tarde con Perperoglou en la ejecución, los azulgrana ejecutaron la voladura controlada del castillo que había construido el Madrid con un parcial de 2-20. Del 61-47 del minuto 26 se pasó al 63-67 del 31 tras un triple de Doellman y un mate de Tomic.
Carroll rellenó a toda velocidad la instancia con la que opositar a héroe de la noche y, con nueve puntos consecutivos colocó al Madrid en ventaja en plena recta de meta (83-80 a 1m 40s del final). Pero el Barça, que había olido la sangre, se rearmó para terminar de cazar a su presa. Las 13 asistencias del Chacho se quedaron pequeñas ante los 24 puntos de Doellman (con un impresionante 6 de 6 en triples). Tras un carrusel de faltas estratégicas en el que Pascual ganó la partida a Laso y a Felipe le tembló el pulso, el pívot estadounidense selló el triunfo azulgrana sobre el alambre. Los de Laso resbalaron en la cornisa.

jueves, 21 de enero de 2016


El talento del Barcelona puede con el entusiasmo del Athletic

Los goles de Munir y Neymar impulsan a los azulgrana en la Copa, vencedores en San Mamés

Barcelona vs Athletic de Bilbao en la Copa del Rey
Rakitic, Arda e Iniesta festejan un gol. EFE
El Barça, sin Messi ni Luis Suárez, ganó en San Mamés. Quizás esa sea la noticia, quizás ese sea el resumen de un partido que nacía con la pólvora intacta del Athletic, al amparo de sus fogoneros, tras quemarse las manos y los brazos en el Nou Camp tres días antes, pero que acabó convertido en fuegos artificiales, menos espectaculares de lo previsible, tan estruendosos como se esperaba. Fue el Barcelona un equipo práctico, ahorrador, poco detallista, eficaz, a veces humilde, a veces sobrado, frente a un Athletic que tiró más petardos que tracas, como en las fiestas de los pequeños pueblos donde el ruido sustituye al color. Ganó el Barça sin Messi ni Suárez y esa será su mejor noticia, más allá de dar dos pasos de tres para acceder a las semifinales de la Copa, el objetivo matemático. El otro tiene más que ver con lo anímico, con lo psicológico, con lo deportivo.
El partido murió joven. Fue una lástima porque apuntaba maneras. La lucha entre el entusiasmo y el talento es como el aceite en la ensalada: realza los sinsabores. Sobrevolaban en San Mamés seis moscas zumbonas y el Athletic había cargado la escopeta de optimismo; el Barça de prudencia. Tales fueron las precauciones del Barcelona, que vivió 15 minutos como los equipos precarios: orientándose en la niebla, capeando el temporal, a veces acogotado, siempre deshilachado, como si el azul turquesa le hubiera borrado las señas de identidad. El Athletic superaba con facilidad el puesto de mando de Busquets, lo que significa automáticamente peligro en la retaguardia. Pero atacaba sin balas Se lanzaba al vacío, como los intrépidos, sin encontrar a Aduriz, su clavadista, ni a Williams, la espada en la tarta. Llovía, pero no tronaba. Sin Raúl García, a Aduriz le falta la maroma del gol. Eraso le inflama el pulmón, pero lo ve de lejos.

ATHLETIC, 1 - BARCELONA, 2

Athletic: Herrerín; De Marcos, Etxeita, Laporte, Lekue; Beñat (San José, m.67), Iturraspe; Williams, Eraso (Sabin Merino, m. 61), Susaeta (Muniain, m.55); y Aduriz. No utilizados: Gorka; Gurpegi, Balenziaga y Rico.
Barcelona: Ter Steen; Alves, Piqué, Mascherano, Sergi Roberto (Adriano, m. 73); Rakitic, Busquets, Iniesta; Arda (Aleix Vidal, m.65), Munir (Sandro, m.79) y Neymar. No utilizados: Masip; Douglas, Bartra y Vermaelen.
Goles: 0-1. M. 17. Munir. 0-2. M. 24. Neymar. 1-2. M.43. Aduriz.
Árbitro: González González. Amonestó a Iniesta, Laporte, De Marcos, Etxeita, Sabin Bilbao, Iturraspe, Mascherano, Alves y San José.
San Mamés: 53.000 espectadores.

En la adolescencia del partido, el Athletic fue un chico listo y el Barça, el nuevo de la clase, el que se sabe la lección pero antes otea no vaya a ser que le acusen de empollón. Iniesta, Rakitic y Arda jugaban con el ánimo encogido o a paciencia exagerada. Neymar, no. Neymar sabía que tenía en San Mamés uno de esos partidos que hay que disputar con sordera. Si le hubieran dejado, lo habría hecho con los cascos escuchando regatón. Él fue el primero que se saltó el orden establecido con algunas escapadas para mostrar la mochila de su talento. Era el único superviviente de la envidiable delantera tras la sanción de Luis Suárez y la precaución de Messi. No podía pasar desapercibido. Sentía algo así como bajar de rango en el escalafón de la mitología. Pero se desconocía cuál sería el resultado de la ecuación con Arda y Munir.
Andaba el Athletic rebuscando en la biblioteca defensiva del Barça con más entusiasmo que resultados, cuando el rival en cuatro toques metió gol. Le llego al balón a Alves, se lo dio a Rakitic, todos solos, abandonados por los defensas entusiastas, y el croata la puso en el punto de penalti y la rebañó Munir, reclamando el porqué del motivo de su presencia. Había acabado la adolescencia y la juventud del minuto 18 premiaba al Barça, con el exceso que siempre supone el gol.

Neymar pone la puntilla
Daba igual. En la mayoría de edad del partido, el adolescente, o sea el Athletic, se fue de clase. Corría por el recreo del campo, por la voluntad de Beñat o el coraje de Lekue, pero eran carreras de barriada, intensas, encrespadas, corajudas. Hasta que llegó Neymar, que vivía cómodamente en su apartamento de la banda izquierda y Etxeita le abrió la puerta del gol. El central rojiblanco lleva semanas adoleciendo de buena conducta, algo que figura en el certificado de penales de los defensas centrales. Si a eso le añades una desatención llena de dudas hamletianascuando se acerca el alón, lo normal es que Neymar te robe el DNI, el pasaporte y el equipaje. Y lo robó todo, superando incluso la salida desesperada de Herrerín, que no tocó ni pierna ni balón, ni césped. O sea, gol. O sea la muerte natural de un partido y quizás de la eliminatoria.
Del espíritu de agosto, de la Supercopa, del estímulo emocional ante la adversidad. En ese momento, recién inaugurada la juventud, en el minuto 24, el Barça fue el Barça. Iniesta encontró su sitio y el balón, o sea su equipo encontró el reloj que le marcase la hora, ese que adelanta y se para cuando es necesario para llegar a tiempo o para que el rival llegue tarde a todos los sitios.
Demasiado joven murió el partido para todo lo que quedaba por vivir. El Athletic, con la escopeta vacía, soñaba con las remontadas históricas. Más que fútbol, proponía pelea, corazón, esas sensaciones. Mejoró con la entrada de Muniain, que le dio tacto, y de Sabin Merino, que propuso envergadura. El Barça se acurrucó en el dormitorio placentero de sus goles y decidió que la guerra había terminado. Un par de salidas voluptuosas, un par de disparos lejanísimos de Munir y Piqué para vengar la afrenta de San José a Ter Stegen en la Supercopa. Y nada más. Oficio, porque dos goles a domicilio son muchos goles en la Copa y en la Liga. Y porque el Athletic, con todo su esfuerzo, su fe, apenas conseguía obras edificantes. Hasta el minuto 81 no consiguió exigir lo mejor de Ter Stegen, en un remate de Sabin que el alemán elevó por encima del larguero. Demasiado tránsito para tan poco recorrido. Demasiado sudor para tan poco sueldo.
Al menos cobró la paga extra, casi en la conclusión de la jornada, cuando Aduriz cazó un servicio de San José, desatendido por la defensa. En la Liga sería el gol de la honrilla, que se decía; en la Copa, los goles valen más, pero saben a poco cuando el rival consigue más. Quizás hubo mucha pólvora mojada, pero la que explotó la incendió el Barça. Y es lo que cuenta, lo que queda, lo que vale.

martes, 5 de enero de 2016



Orgullo

La generosidad de Bartomeu nos acerca al sueño de un barcelonismo unido

Manel Fuentes/ El Periódico de Cataluña/ Martes, 5 de enero del 2016
 
Orgullo
MARWAN NAAMANI
Bartomeu, en las conferencias internacionales de deporte que se celebran en Dubai.



En el 2015 el Barça hizo algo único. Se convirtió en el primer club en conseguir dos tripletes. Ganó cinco copas de seis. Batió el récord de goles en un año. Incorporó nuevas evoluciones a su juego. Reunió al mejor tridente de la historia e hizo que Messi, el mejor jugador de todos los tiempos, recuperase las ganas de seguir agrandando su leyenda. Y todo esto, con un presidente modesto.
Muchos no le han dado importancia suficiente, pero el talante de Josep Maria Bartomeu ha sido determinante para que todo haya salido así de bien. Si se fijan verán que las crisis recientes de este supertalentoso Barça han venido justamente por no haber sabido gestionar bien el éxito o por querer capitalizarlo con intereses personales, sin arremangarse ni hacer el trabajo que pedía el momento.
Certero en las revoluciones, este Barça se pierde a menudo en las evoluciones de sus modelos de éxito. La revolución futbolística del modelo llegó en los 90 con el tándem Cruyff-Rexach en el banquillo y Núñez en el palco, pero los egos de unos y otros truncaron el camino del éxito. Rijkaard y Ronaldinho, con Laporta y Rosell en la junta, lo retomaron, pero la fiesta del triunfo acabó con el propio triunfo. Y apareció otro gran tándem, Pep-Tito, que supo prescindir de las vacas sagradas del momento e hizo crecer al club alrededor de Messi. Y otra vez el tacticismo personalista. Unos utilizando el triunfo como plataforma política y otros como huida para no afrontar la renovación del sistema y de la plantilla que el equipo necesitaba. Rosell parecía no contentarse con haber ganado las elecciones y dar continuidad a los éxitos, sino que quiso poner en evidencia a Laporta. Y a resultas de estas historias de egos, amores y odios y los problemas judiciales aún por resolver, Bartomeu llegó a presidente con Luis Enrique en el banquillo.

Emoción por la humildad

¿Recuerdan cómo estábamos ahora hace justo un año? Las críticas al sistema de juego y a Luis Enrique eran absolutas. Se había traicionado el fútbol de toque, decían algunos. Pero como si de un piloto experimentado se tratara, Bartomeu asumió la tormenta sin histerias, trató discretamente con unos y otros y recondujo el proyecto. Hace dos semanas, en Dubái, fue fiel a sí mismo y al ser distinguido con los Globe Soccer Awards como el mejor presidente de club del mundo dijo que el premio no era para él, sino para todos los integrantes de su junta y también por todo el trabajo de los 39 presidentes anteriores.
Qué quieren que les diga, pero alguien que asume la responsabilidad derivada de la junta de Rosell; que acepta el reto de liderar el club cuando todo pintaba mal; que implementa el sistema; que gana las elecciones y que tras el triunfo sigue mostrando humildad, emociona. Su generosidad nos acerca al sueño de un barcelonismo unido… siempre que los profetas de sí mismos no quieran jugar a otra cosa.

domingo, 20 de diciembre de 2015


El Barça gana el Mundial de Clubes

El equipo azulgrana, liderado por Messi y definido por Suárez, doblega a la intensidad del River Plate y su afición

 
FC Barcelona vs River Plate en el Mundial de Clubes
Iniesta levanta el tercer Mundial de Clubes del Barcelona. / Shaun Botterill (Getty Images)

El Barcelona es el mejor equipo del mundo. Así lo dice su fútbol y su año, pletórico en cuanto a títulos porque ha levantado cinco copas de seis posibles. La última ha sido en el Mundial de Clubes y ante el River Plate, un equipo con más garra que gancho, fiero sin la pelota pero cordero con ella entre los pies. Poca cosa para un tridente que no tiene remedio y que tanto le da salir de una lesión (Neymar) como acabar de expulsar una piedra (Messi); cuando se ponen a jugar no hay quien les eche el lazo y sus actuaciones doradas ya forman parte de la bella historia del juego porque así también lo dicen los laureles obtenidos.

River Plate, 0 - Barcelona, 3

River Plate: Barovero; Mercado, Maidana, Balanta, Vangioni; Sánchez, Kranevitter, Ponzio (Lucho González, m. 46), Viudez (Driussi, m. 55); Mora (Martínez, m. 46) y Alario. No utilizados: Chiarini, Batalla; Vega, Casco, Mammana, Mayada, Pisculichi, Bertolo y Saviola.
Barcelona: Bravo; Alves, Piqué, Mascherano (Vermaelen, m. 81), Jordi Alba; Busquets, Rakitic (Sergi Roberto, m. 66), Iniesta, Messi, Suárez y Neymar (Mathieu, m. 89). No utilizados: Ter Stegen, Masip; Bartra, Munir, Sandro, Adriano, Samper y Gumbau.
Goles: 0-1. M. 35. Messi. 0-2. M. 49. Luis Suárez. 0-3. M. 68. Luis Suárez.
Árbitro: Alireza Faghani (Irán) amonestó a Kranevitter, Jordi Alba, Ponzio, Rakitic, Neymar y Sergi Roberto.
Estadio internacional de Yokohama72.327 espectadores.

De piernas largas y tacos vistosos, los jugadores del River no se andaban con remilgos ni paparruchas. Se trataba de que el Barça no manufacturara fútbol y de ahí que se empeñaran en restarle cualquier tipo de continuidad al duelo con puntapiés, desequilibrios con el cuerpo y lo que fuera menester. Así se lo aclaró Kranevitter a Messi en la primera pelota que tocó y así lo ratificó Ponzio sobre Iniesta segundos después. O el rival o la pelota, pero nunca los dos. Era tal la intensidad del equipo de Gallardo, el acoso en cada baldosa del tapete, que los jugadores azulgrana apenas disfrutaban de unas pocas décimas de segundo para pensar, las mismas que para actuar. Si bien repetían los gestos de calidad técnica -sombrero de Iniesta, espuela de Neymar, quiebro sin balón de Alba, autopase de Messi…-, iban demasiado exigidos y en los metros finales la pelota ya no llegaba con precisión, rémora que negaba la inspiración de los metros finales. O casi porque a Messi no le tumba ni una piedra ni nadie, que por algo es el mejor.
Valiente, Gallardo situó la línea de presión alta para que la zaga azulgrana errara en la entrega o se desprendiera de la pelota. Pero eso no entra en los planes del Barça, ya ni siquiera con Luis Enrique. De Mascherano a Piqué y de ahí a las bandas para que Busquets bajara y se volviera a empezar. No había prisa y tampoco errores, más allá de ese de Rakitic en un pase hacia atrás que Mora aprovechó para probar a Bravo –jugó contra pronóstico porque Ter Stegen fue quien llevó al equipo a esta competición-, que atajó sin complicaciones como también ese otro de Alario.
Hizo el equipo argentino de la pillería un arte porque cualquier falta o córner era el escenario ideal para la protesta generalizada o para un pequeño rifirrafe. “¡Pongan huevos, vamos River Plate, pongan huevos!”, cantaba pertinaz la marea millonaria. Y de eso no les faltó a sus jugadores, definitivamente alimentados por una marea que se prodigó sin cesar. Bravos, despechados bastantes, los aficionados se entregaron a un ejercicio de aliento espectacular que atronó en el Nissan Stadium, también porque no hubo más que una tímida réplica de Barça, escasos los hinchas y en ningún caso acompañados por los japoneses. El estadio era del River pero el césped y el balón del Barcelona.
A medida que pasaron los minutos, las piernas de los argentinos pesaban por correr detrás de la pelota. Y el corazón, el argumento de Gallardo en la previa, ya no alcanzaba para luchar contra el pie de los azulgrana. Sobre todo de Messi, que ponía el desequilibrio en la zona caliente. Primero fue Iniesta el que le validó con un pase sobre el balcón del área; media vuelta y disparo ajustado al palo y atrapado por un Barovero que llegó donde no lo hizo la imaginación de nadie. También acunó ese remate de Alves de volea tras el centro de Neymar y de nuevo a Messi le sacó la mano en el mismo sitio, tras un lanzamiento de falta envenenado. Pero Leo se moría de ganas por marcar y a la tercera fue la vencida. Fue después de que Alves centrara al segundo palo, donde Neymar durmió la pelota con la cabeza y se la puso hacia atrás al 10, que controló con la derecha, le dio en el brazo mientras se echaba atrás y la remató cayéndose con la izquierda. Gol y morfina al encuentro porque River ya no tiró la presión alta y sobre todo porque Luis Suárez, nada más comenzar el segundo acto, también supo definir ese gran pase de Busquets ante Barovero.
Con la necesidad de River de tirar hacia delante, de marcar un gol que reparara su orgullo herido, se creó el desaguisado argentino. Los mediocentros ya no guardaban la posición, uno de los dos centrales saltaba y los jugadores de banda las veían venir sin cerrar ni ayudar. Y los espacios son el edén del Barça, de un tridente universal que se junta para separar a los rivales. “Papá, a ese lo tengo controlado”, le dijo por teléfono unos días antes Mercado cuando le mostró el primero su preocupación por Neymar. Pero aunque el 11 entró en la refriega como suele, siempre provocador, también entró de lleno en el partido y le hizo todo un descosido a su pareja de baile para actuar de surtidor. Dos centros a Messi que no supo finalizar al darle flojo y desviado, y otro para Suárez que, de cabeza, la cruzó para convertirse con cinco goles en el máximo goleador de la breve historia del Mundial de Clubes junto a Leo. Era el final, el triunfo del fútbol, la victoria mundial.