lunes, 28 de marzo de 2016


Dios, o algo parecido

Óscar Sanz/ EL PAÍS/

Cruyff junto a Neeskens en un partido con el Barça en el Camp Nou.

Tardará una eternidad el fútbol en sacudirse el luto. Seguirán lloviendo artículos, análisis, opiniones que intentarán escudriñar en la personalidad de un deportista irrepetible. Sabremos así que este señor que revolucionó el fútbol, y que odiaba las coles de Bruselas, fumaba un cigarro antes y después de cada partido, y quién sabe si alguno en el descanso. Y elevaremos a dogma de fe frases como “jugar al fútbol consiste en darle el balón a un jugador con el color de tu camiseta”, que en cualquier otro tiempo o lugar, y emitidas por cualquier otro personaje, nos parecerían una tontuna monumental. Ensalzaremos su condición de transgresor y cogeremos de las estadísticas que él tanto odiaba (“si dependiera de ellas a mí me habrían rechazado en el Ajax”) solo los datos más convenientes. Dicho lo anterior, para quien esto firma Dios se fue el pasado 24 de marzo.
Porque hay que ser Dios, o Johan Cruyff, para alcanzar la condición de mito en un equipo menor, en una Liga menor y en una selección menor. Nada eran el Ajax ni Holanda hasta que aquel chico flaco se hizo presente con 17 años. Nos hartaremos de leer su palmarés, admirando una y otra vez que en nueve años con el Ajax logró tres Copas de Europa consecutivas (proeza hasta hoy solo al alcance del Madrid y el Bayern) y se adueñó de tres Balones de Oro. Miserias. El mayor saco de títulos imaginable no admite comparación al impacto que provocó Cruyff en el fútbol europeo. Un fútbol que idolatraba la imagen de Pelé, que llegaba de lejos, tan admirable como inalcanzable, y a quien Cruyff relevó en el trono de los elegidos.
La explosión del Flaco reeditó la eterna lucha entre el Barça y el Madrid por el fichaje de la figura del momento. Eligió el holandés al Barça, rebelándose ante la pretensión del Ajax de que aterrizara en Chamartín. Influyó también, sin duda, que el club azulgrana soltara 100 millones de pesetas y Bernabéu no pasara de 60, lo que este justificó, según cuenta Alfredo Relaño, “porque no le gustaba su jeta”. Hasta que llegó Cruyff, el Barça era un club atropellado por postes (los de Berna en la final de la Copa de Europa ante el Benfica en 1961) y desgracias, por Francos y conspiraciones. Fue llegar Cruyff al Barça y quitarse el equipo cuarto y mitad de sus complejos, arrasar en la Liga y darse un inolvidable homenaje en el Bernabéu que responde al nombre de 0-5, partido tras el cual Zoco (un señor que era dos veces campeón de Europa) anunció su retirada del fútbol, tamaño fue el meneo que se llevó y que provocó que desde entonces se dedicara a escuchar a su esposa, María Ostiz, cantar un pueblo es, un pueblo es. Dos días después de semejante exhibición en blanco y negro, el presidente azulgrana, Agustín Montal, acudió a la noble villa de El Pardo a rendir pleitesía al pequeño miserable que supuestamente tenía subyugado a su club.
El Cruyff futbolista llevó al Barça al éxtasis del Bernabéu y a la conquista de una Liga tras 14 años de sequía. Lo demás fue lo de menos. Apareció cruycificado en la portada de la revista Don Balón y acabó a guantazos con el presidente Núñez, el mismo que 10 años después le nombró entrenador del equipo. Y fue entonces cuando tuvo ánimo, tiempo y dedicación para cambiar de arriba abajo al club. Cruyff mandaba y el Barça obedecía. Y se acabaron los complejos, los miedos, los Francos, las maldiciones, ¿qué maldición va a tener un equipo que conquista cuatro Ligas seguidas, tres de ellas en el último minuto, y, por fin, la Copa de Europa, en la prórroga? Cruyff hizo del fútbol una idea. Con la que le fue bien, como hemos visto, y mal, como en la final europea en la que el Milan destrozó 4-0 al Barça. Pero hemos vuelto a las estadísticas. Y las estadísticas, con Cruyff, no valen. Porque son minucias cuando hablamos del único futbolista que ganó un Mundial perdiéndolo. Con Cruyff importa el fútbol, ese deporte que se juega con la cabeza y en el que los pies solo ayudan. Y lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre.

miércoles, 2 de marzo de 2016


30 años sin Olof Palme

El 'premier' sueco, símbolo de la socialdemocracia europea abatido a tiros en 1986, actuó sin complejos y acumuló tantos enemigos que son muchas las hipótesis sobre su asesinato

El político criticó sin reservas los bombardeos de EEUU sobre Vietnam, el embargo comercial de Cuba, las dictaduras y el apartheid en Sudáfrica


30 años sin Olof Palme
AFP / TOBBE GUSTAVSSON TT
Olof Palme, en 1984, dos años antes de ser asesinado en Estocolmo.

Albert Garrido Albert Garrido/ El Periódico de Cataluña/ Sábado, 27 de febrero del 2016.

Al cumplirse 30 años del asesinato de Olof Palme (Estocolmo, enero de 1927-febrero de 1986), primer ministro sueco entre 1969 y 1976 y desde 1982 hasta su muerte, prevalecen dos datos por encima de cualesquiera otros: fue uno de los grandes líderes de la socialdemocracia europea porque actuó sin complejos, y acumuló tantos enemigos que son muchas las hipótesis verosímiles acerca de quiénes movieron la mano del asesino que acabó con su vida cuando regresaba a casa sin escolta después de acudir a un cine. Pierre Schori, diplomático que fue asesor de Palme para asuntos internacionales y hoy preside la fundación que exalta su figura, recuerda una frase suya que bien pudiera tenerse por el núcleo de su ideario: “No existen ellos y nosotros, sino solo nosotros”.
El ecosistema político en el que creció Palme fue el mismo que engrandeció el legado de Willy Brandt y de Bruno Kreisky. Pero el hilo argumental del líder sueco tuvo quizá mayor influencia ideológica en la siguiente generación de socialdemócratas, aunque la Realpolitik les obligara a rectificar sobre la marcha y su referencia más inmediata fuera a la postre Brandt.
Alejado desde sus años universitarios de lo considerado políticamente correcto, no dejó de criticar la lógica implacable de la guerra fría -la carnicería de Vietnam, el embargo comercial de Cuba, las dictaduras a ambos lados de la divisoria entre el Este y el Oeste, el apartheid- y cuanto de ominoso contuvo el paisaje de su tiempo. Criticó sin reservas los bombardeos de Estados Unidos sobre Vietnam del Norte (1972), que comparó con el de la legión Cóndor en Gernika (1937); fue el primer jefe de Gobierno occidental que visitó Cuba desde el triunfo de la revolución y se entrevistó con Fidel Castro (1975), y aquel mismo año, después de las ejecuciones de militantes de ETA y del FRAP, salió a las calles de Estocolmo, hucha en mano, para iniciar una cuestación en apoyo de la democracia en España, con un cartelón colgado al cuello en el que se leía: “Por la libertad de los españoles”.

Tras las ejecuciones de militantes de ETA y del FRAP, inició una cuestación en apoyo de la democracia en España

El compromiso democrático de Palme incomodó al 'establishment' de las cuatro esquinas del globo y no dejó de apuntar a cuantos, por cálculo político, comodidad o interés económico, se amoldaron a las más flagrantes injusticias. Solo siete días antes de ser asesinado, recuerda Schori, denostó el apartheid sin reservas: “Este sistema no puede ni podría mantenerse si no fuera apoyado, tolerado o aceptado por el resto del mundo. Si todo el mundo se decide, si la gente en todo el mundo decide que el apartheid va a desaparecer, lo hará”.

MISTERIO SIN RESOLVER

El conglomerado de los adversarios de Palme se alzó como un muro infranqueable en el momento de su muerte y hoy el misterio sigue sin resolverse. La detención y condena por asesinato de Christer Pettersson a partir de la declaración de Lisbet Palme, esposa del primer ministro, que lo identificó como autor de los disparos, fue posteriormente anulada por falta de pruebas. Todos cuantos se sintieron agraviados por el político sueco, del Gobierno de Sudáfrica al de Estados Unidos, fueron mencionados en algún momento como inductores del magnicidio, pero nunca se pudo concretar algo. Cuando el exagente de la CIA Gene Tatum declaró a una emisora de Los Ángeles que la agencia estuvo detrás del asesinato, el escándalo inicial se diluyó en un mar de sospechas por esclarecer.

La detención y condena de Christer Pettersson como autor de los disparos fue luego anulada por falta de pruebas

No deja de sorprender, acaso por burlesca, la opinión de Henry Kissinger, uno de los destinatarios habituales en los años 70 del discurso crítico de Palme: “Generalmente, me disgusta la gente con la que yo estoy de acuerdo y me gusta la gente que está en desacuerdo conmigo. Así que Palme me gusta mucho”. En realidad, le incomodaba en grado sumo porque Suecia fue una de las cajas de resonancia de las corrientes contrarias a la carrera armamentista y al equilibrio del terror, a mantener el statu quo en Oriente Próximo en perjuicio de los palestinos y a neutralizar el avance de la izquierda en América Latina mediante dictaduras militares sanguinarias, asuntos todos ellos que tenían en Kissinger a uno de sus instigadores.
¿Qué queda hoy del pensamiento de Palme en una socialdemocracia en crisis en el seno de una Europa en crisis? ¿Qué pensaría hoy Palme del 'Brexit', de los refugiados, de la postración de Grecia, de la globalización a toda máquina? Solo cabe aventurar que no se mordería la lengua.

lunes, 15 de febrero de 2016


La obra cumbre de Messi

El 10 marca la diferencia en un partido muy bien jugado por el Celta y el Barça y presidido por un penalti indirecto que transformó Luis Suárez

Messi celebra su gol ante el Celta. EFE
El Celta es un equipo encantador, seguramente el que mejor le juega al Barça, tanto da que el partido se dispute en Vigo como en el Camp Nou. Tampoco importan sus alineaciones, por más futbolistas que le falten a Berizzo. La actuación colectiva de los celestes fue de nuevo tan irreprochable como el monólogo de Messi. El argentino lideró una función memorable del Barça. No hay antídoto contra el 10, protagonista de una obra majestuosa, porque convirtió en jugada de gol cada una de sus intervenciones: marcó de falta (1-0), como Koeman o si se quiere Kubala; asistió a Luis Suárez (2-1) y habilitó a Neymar antes de que volviera a rematar el 9 (3-1), igual que Maradona, y se vistió de Cruyff en la ejecución del penalti que le hizo Jonny en el 4-1.

La ficha técnica (El Periódico de Cataluña)

Barcelona 6 - Celta 1

BARCELONA: Bravo (8), Alves (5), Piqué (5), Mascherano (7), Alba (5); Sergi Roberto (6), Busquets (6), Iniesta (7); Messi (10), Suárez (10), Neymar (9).
Cambios: Aleix Vidal (6) por Alves (m. 60); Rakitic (7) por Sergi Roberto (m. 60); Turan (sc ) por Iniesta (m. 77).
CELTA: Sergio (4), Hugo Mallo (4), Cabral (4), Jonny (5), Planas (5); Radoja (4), Wass (6), Beauveu (6), Pablo (4), Señe (5), Guidetti (7).
Cambios: Díaz (4) por Hernández (m. 64); Drazic (sc) por Guidetti (m. 76); Pape (sc) por Wass (m. 83).
ÁRBITRO: Hernández Hernández (6), canario. Amonestó a Cabral (m. 10), Planas (m. 26), Hugo Mallo (m. 42), Señe (m. 74).
GOLES: 1-0 (m. 26) Messi, de falta directa; 1-1 (m. 38) Guidetti, de penalti; 2-1 (m. 58) Suárez, a media altura; 3-1 (m. 75) Suárez, sobre la línea; 4-1 (m. 82) Suárez, de penalti indirecto; 5-1 (m. 84) Rakitic, de vaselina; 6-1 (m. 90) Neymar, solo ante Sergio.
ESTADIO: Camp Nou (72.580 personas).

Hartos ya de fallar Messi y Neymar el tiro desde los 11 metros —seis de 14—, el argentino tocó la pelota para la llegada del uruguayo y sorprender a Sergio Álvarez. Más o menos como Cruyff y Jesper Olsen en el Ajax-Helmond de diciembre de 1982. Los barcelonistas se recrearon después de aguantar la afrenta del orgulloso Celta. No pareció una falta de respeto sino una respuesta al escario por las penas marradas y un lujo acorde con el momento dulce de juego que vivía el Barça. No hay jugador más serio que Messi.
No llora el Celta; tampoco se abandona, siempre reconocible en la cancha por su ideario, incluso cuando en la alineación no figuran los centrales ni los delanteros titulares, remendado sobre la marcha por Berizzo. El plan es irrenunciable: la presión alta, la intensidad máxima y duelos individuales en las distintas zonas del Camp Nou. Jugó con la grandeza de siempre a pesar de contar con futbolistas menores o menos conocidos en la Liga.
A los azulgrana les escoció la derrota en Balaídos. No acostumbran a ser condescendientes, y menos ahora que el Madrid se ha liberado con Zidane y no cede el Atlético. Insistieron mucho, corrieron más y buscaron el desequilibrio a partir de las aceleraciones de un excelente Iniesta y de Messi. A la velocidad, sin embargo, le faltaba precisión, como se vio al poco de empezar en un tiro de Neymar tapado por Sergio. Igualmente determinante fue Bravo cuando le sacó un remate a Planas.
Los porteros mandaron durante un rato hasta que compareció Messi. El 10 transformó una falta directa desde unos 30 metros, perpendicular al poste izquierdo del arco del Celta, con un disparo potente y colocado que superó la barrera y se coló junto a la escuadra de Sergio Álvarez. A buen seguro que es uno de los mejores goles a balón parado de Messi, más templado y atinado que Neymar. El brasileño se mostró tan generoso como errático en la toma de decisiones y en el chut al marco del Celta. El equipo celeste, de todas maneras, tampoco atiende al marcador, ni siquiera cuando el rival es el Barcelona. Así que siguió dale que te pego, resistente, valiente y desafiante, punzante desde el costado de Beauvue, atento a cualquier desatención del Barça. Y encontró la recompensa en una imprudencia de Alba, que enganchó la pierna de Guidetti cuando se iba en dirección contraria a la de Bravo. El árbitro pitó el primer penalti de la Liga en contra del Barça y el ariete no perdonó la ingenuidad de Alba.
Neymar espabiló en la reanudación con un regate prodigioso al que Suárez no supo dar continuidad porque su tiro dio en el palo izquierdo de Sergio Álvarez. Los azulgrana le dieron más continuidad al juego, fueron más regulares y constantes, obsesivos en desgastar y reventar al Celta. Los celestes, sin embargo, no aflojaban, sino que su solidaridad defensiva fue tan extrema como la afrenta de Guidetti.
No hay, sin embargo, un futbolista más indesmayable que Luis Suárez. El uruguayo se apoyó en Messi, excelso en el pique del cuero para superar a la zaga, y remató a bote pronto a la red para igualar en el pichichi con Cristiano Ronaldo: 21. La mayor implicación de Neymar y la entrada de Aleix Vidal y Rakitic permitieron respirar al Barcelona a pesar de que Gudetti y Wass ponían en aprietos la inestable defensa del Barcelona.
La pugna duró hasta que volvió Messi, excelente con su diagonal, asistente de un virguero Neymar, que se deshizo del portero para tocar la bola al segundo palo, donde apareció la puntera de Suárez. El gol tuvo un efecto terapéutico para los azulgrana y cerró el choque para el Celta. Neymar afinó, persistió Suárez —máximo artillero: 23— y se superó Messi, ahora con un penalti indirecto rematado por el 9 en el maldito gol norte del Camp Nou. La contienda se acabó con dos tantos más que encumbraron al tridente y coronaron la exhibición del Barça tras una hora excelente del Celta. No hay quien pare a Messi, jugador, goleador, asistente, más futbolista 10 que nunca, cuando se pone a jugar, y menos en el Camp Nou.

Gracias Messi

La penúltima genialidad del astro frente al Celta pone el arte bajo sospecha y resucita a la España más cainita


Hay jugadas tan sublimes que rebobinadas impactarán incluso más que en directo, porque jamás quedarán destinadas al olvido que seremos. La rutina es fugaz, pero como en todo arte, las genialidades son imperecederas, póstumas. La última originalidad, el lírico penalti entre Messi y sus distinguidos colegas, ya está bajo llave en el archivo del tesoro del fútbol, por más que le pese a esa España cainita, siempre con sus grasientas baterías a tiro.
Cuesta creer que haya que justificar el ingenio, como si este se confabulara contra algo o alguien. Lejos de gozar de una acción cósmica, del penúltimo testamento de Messi, resulta que de forma instantánea se reproducen los debates sobre si fue o no una irrespetuosa moña burlona. El mero planteamiento ya es delirante. ¿Por qué no satanizar al Leónidas que marcaba descalzo, al Pelé que hizo descarrilar a Mazurkiewicz, al Garrincha que hacía chistes con los pies, al Di Stéfano que goleaba de tacón, al Higuita del escorpión, al Best que tiraba paredes con las piernas de los contrarios, al Guti de ojos en la nuca que la lió con Benzema en Riazor, al Panenka que inmortalizó una suerte de penaltis de alto riesgo…? Por desgracia, hay quien prefiere atrofiar la osadía. La enemiga, claro. ¿Cuándo fue deplorable la célebre inventiva de Alí, Jordan o Federer? La España futbolera, según a quién, no se lo consiente.
Messi, lejos del narcisismo imperante, estaba ante su gol 300 en Liga, pero prefirió explorar una vía. El Barça, con él incluido, ya había fallado 6 de 14 penaltis. La treta estaba preparada para Neymar, que llevaba unas jornadas seco. Por suerte, se interpuso Luis Suárez. Por suerte, sí, porque de haber sellado Ney el gol la bronca se hubiera disparado todavía más.
A este chico se le niega la dicha brasileña, la más embriagadora que haya conocido el fútbol, la más recreativa. Puede que a veces le sobre algún arabesco, pero Neymar es una oda al fútbol, un jugador con un catálogo extraordinario, fuera del alcance de los mortales. Alguien capaz de hacer volar sus piernas por un lado y la cintura por otro, de hacer rodar la pelota como si llevara lubricante en los tacos. Improvisa rutas de evacuación con fantasía, tira sombreros, amaga como si tuviera una lagartija en los calzoncillos. Recursos asombrosos, como las ruletas de Zidane e Iniesta, gente que piropea a la pelota, que engrandece este deporte. Neymar forma parte del Bolshoi del fútbol, pero está bajo sospecha en esa otra España, la de la casposa inquina a determinados personajes que escapen de la ortodoxia. Aquellos que creen poder distribuir a su antojo el carné de genio.
Después de haber utilizado al árbitro como señuelo para ventilar el marcaje de Planas y haber dislocado a Jony con un regate de época en la jugada del penalti, la agudeza la Pulga y sus socios fue de lo más intrépida. De acuerdo que no iban 0-0, ¿pero alguien concibe que Messi sea menos audaz que Panenka? Le pudo salir una “cantinflada” como a Pires y Henry en su momento, lo que revaloriza aún más su ejecución. Se expusieron a un ridículo universal, y no les importó. Solo resta que alguien con la sensibilidad literaria de Jorge Valdano con el gol totémico de Maradona haga ahora el relato de cómo se las ingeniaron estos maravillosos locuelos. Leo no lo hará, su verso se limita al césped. En todo caso, gracias Messi. Y que se mejore Johan, que en la semana en la que va ganando 2-0 al cáncer, intencionado o no, Messi sabrá, no pudo tener mejor homenaje

miércoles, 27 de enero de 2016


La metamorfosis de Rakitic

El medio del Barcelona, epicentro del juego en el Sevilla, conquista el Camp Nou en un año y medio gracias a su ejercicio solidario

Rakitc regatea a Susaeta. EFE
Iván Rakitic (Möhlin, Suiza; 27 años) fue el primer capitán extranjero del Sevilla desde que lo fuera en su día Maradona, ya de capa caída con su sugerente barriga pero no con su liderazgo ni con sus pies como demostró con esa pelota de papel sobre la línea de fondo. El centrocampista croata —nacionalizado por los orígenes de su padre— no tiene ese talento superdotado sobre el tapete, por más que gobernara el fútbol del Sevilla, pues todos jugaban para él, catapulta y punto final porque hace dos cursos firmó 15 dianas y 18 asistencias de gol. Méritos que le valieron para firmar por el Barcelona, donde se le exigió no perder su personalidad aunque sí parte de su juego porque debía adaptarse al contexto sin pisar tanto el área para entregarse al juego colectivo. De rey a sirviente con la confianza ciega de Luis Enrique y de la plantilla. “Es normal, se entiende y se trata de ayudar al equipo”, explica Rakitic, que se presupone participará del duelo de esta noche en Copa ante el Athletic (21.30 C+ Partidazo / 1-2 en la ida); “en cada equipo tienes un rol diferente, pero lo más importante es entenderlo y tirar hacia delante, aunque luego se quiera tener un rol especial dentro del grupo”.
No es casualidad que en casi cada encuentro Rakitic sea quien más kilómetros completa, aunque pronto se le quede la cara roja por el esfuerzo. Y eso que antes de cada partido come hidratos y se bebe de cinco a seis litros de agua. “Mi mujer dice que cambio de aspecto, que me quedo como más chupado… Pero sí, acabo agotado”, cuenta el futbolista. “No para de correr. Es una verdadera máquina”, intercede su compañero Piqué. Para ello, se cuida a más no poder. Resulta que cada dos o tres meses revisa un programa individualizado de trabajo que realiza en su casa, extra a lo que ya hace en la ciudad deportiva del Barcelona. “Siempre intento trabajar más. Mucho más”, admite, al tiempo que también reconoce que cuando se lo permite el calendario disfruta de unos buenos partidos de pádel y de tenis, incluso de baloncesto.
Cada dos o tres meses revisa un programa individualizado de trabajo que realiza en su casa, extra a lo que ya hace en la ciudad deportiva
Luego, claro, aprovecha para pasar tiempo con su mujer y su hija Altea, feliz porque dentro de unos meses vendrá una hermanita a la que todavía no le han puesto nombre. Aunque para desconectar no es raro verle pasear por Gavà Mar con sus dos perros: Bruno, un labrador de cuatro años y medio; y Enzo, un pomerania de apenas un año. O aprender un poco más de catalán, idioma con el que ya se defiende y que sería el octavo en su repertorio junto al castellano, inglés, italiano, francés, alemán, alemán suizo y croata.
En un curso y medio, adaptado del todo a la ciudad y al equipo, Rakitic ha cambiado en parte su concepción del fútbol. Antes, atacaba; ahora, hace de todo. Así lo explican sus números, con 80 recuperaciones en la Liga. Lo que sale a 4,2 por partido, solo por detrás de Busquets (6), Piqué (5,7) y Alba (5,6), aunque lejos de los registros goleadores de antaño porque suma dos en Liga y otros dos en la Champions, también cuatro asistencias en la temporada.

El comodín de Messi
“Al final mucha gente no lo ve, pero robar un balón también te llena de satisfacción porque supone hacer un trabajo que puede provocar una oportunidad para marcar goles”, señala; “no es lo mismo, pero es una alegría y me gusta porque eso ayuda al equipo. Así que seguiré intentándolo”. Jauja para el costado de Alves y Messi, focalizados con frecuencia en el ataque y despistados más veces de la cuenta en defensa. “Si hay que hacer 5.000 metros, pues se hacen porque si jugamos para Leo es porque se lo ha ganado y trabajado. También cubro a Dani porque a veces es otro extremo. Y si con eso vuelvo a ayudar al equipo, pues ya está bien”, conviene, aunque también asegura que trabajar en defensa no le quita su “voluntad de atacar cuando se pueda”. Y tal es la incidencia de Rakitic en el equipo, que en la Liga sólo se ha perdido un encuentro —ha disputado 16 de titular (11 completos) y tres de suplente— y fue por un problema muscular en el gemelo. Luis Enrique, entonces, fue diáfano: “Su lesión nos trastoca los planes por el nivel que tiene”.
Para Rakitic la transformación es un proceso amable. “Si no disfruto en el mejor club del mundo, no lo haré nunca”, advierte. Y, competitivo como es, le encanta pertenecer al Barcelona por los títulos y las copas, también por el intercambio de camisetas en Europa, todo trofeos que acumula en una habitación de su casa. “Es mi mini museo”, asegura satisfecho; “porque allí se ve reflejado todo lo que hago en mi trabajo”.