jueves, 21 de enero de 2016


El talento del Barcelona puede con el entusiasmo del Athletic

Los goles de Munir y Neymar impulsan a los azulgrana en la Copa, vencedores en San Mamés

Barcelona vs Athletic de Bilbao en la Copa del Rey
Rakitic, Arda e Iniesta festejan un gol. EFE
El Barça, sin Messi ni Luis Suárez, ganó en San Mamés. Quizás esa sea la noticia, quizás ese sea el resumen de un partido que nacía con la pólvora intacta del Athletic, al amparo de sus fogoneros, tras quemarse las manos y los brazos en el Nou Camp tres días antes, pero que acabó convertido en fuegos artificiales, menos espectaculares de lo previsible, tan estruendosos como se esperaba. Fue el Barcelona un equipo práctico, ahorrador, poco detallista, eficaz, a veces humilde, a veces sobrado, frente a un Athletic que tiró más petardos que tracas, como en las fiestas de los pequeños pueblos donde el ruido sustituye al color. Ganó el Barça sin Messi ni Suárez y esa será su mejor noticia, más allá de dar dos pasos de tres para acceder a las semifinales de la Copa, el objetivo matemático. El otro tiene más que ver con lo anímico, con lo psicológico, con lo deportivo.
El partido murió joven. Fue una lástima porque apuntaba maneras. La lucha entre el entusiasmo y el talento es como el aceite en la ensalada: realza los sinsabores. Sobrevolaban en San Mamés seis moscas zumbonas y el Athletic había cargado la escopeta de optimismo; el Barça de prudencia. Tales fueron las precauciones del Barcelona, que vivió 15 minutos como los equipos precarios: orientándose en la niebla, capeando el temporal, a veces acogotado, siempre deshilachado, como si el azul turquesa le hubiera borrado las señas de identidad. El Athletic superaba con facilidad el puesto de mando de Busquets, lo que significa automáticamente peligro en la retaguardia. Pero atacaba sin balas Se lanzaba al vacío, como los intrépidos, sin encontrar a Aduriz, su clavadista, ni a Williams, la espada en la tarta. Llovía, pero no tronaba. Sin Raúl García, a Aduriz le falta la maroma del gol. Eraso le inflama el pulmón, pero lo ve de lejos.

ATHLETIC, 1 - BARCELONA, 2

Athletic: Herrerín; De Marcos, Etxeita, Laporte, Lekue; Beñat (San José, m.67), Iturraspe; Williams, Eraso (Sabin Merino, m. 61), Susaeta (Muniain, m.55); y Aduriz. No utilizados: Gorka; Gurpegi, Balenziaga y Rico.
Barcelona: Ter Steen; Alves, Piqué, Mascherano, Sergi Roberto (Adriano, m. 73); Rakitic, Busquets, Iniesta; Arda (Aleix Vidal, m.65), Munir (Sandro, m.79) y Neymar. No utilizados: Masip; Douglas, Bartra y Vermaelen.
Goles: 0-1. M. 17. Munir. 0-2. M. 24. Neymar. 1-2. M.43. Aduriz.
Árbitro: González González. Amonestó a Iniesta, Laporte, De Marcos, Etxeita, Sabin Bilbao, Iturraspe, Mascherano, Alves y San José.
San Mamés: 53.000 espectadores.

En la adolescencia del partido, el Athletic fue un chico listo y el Barça, el nuevo de la clase, el que se sabe la lección pero antes otea no vaya a ser que le acusen de empollón. Iniesta, Rakitic y Arda jugaban con el ánimo encogido o a paciencia exagerada. Neymar, no. Neymar sabía que tenía en San Mamés uno de esos partidos que hay que disputar con sordera. Si le hubieran dejado, lo habría hecho con los cascos escuchando regatón. Él fue el primero que se saltó el orden establecido con algunas escapadas para mostrar la mochila de su talento. Era el único superviviente de la envidiable delantera tras la sanción de Luis Suárez y la precaución de Messi. No podía pasar desapercibido. Sentía algo así como bajar de rango en el escalafón de la mitología. Pero se desconocía cuál sería el resultado de la ecuación con Arda y Munir.
Andaba el Athletic rebuscando en la biblioteca defensiva del Barça con más entusiasmo que resultados, cuando el rival en cuatro toques metió gol. Le llego al balón a Alves, se lo dio a Rakitic, todos solos, abandonados por los defensas entusiastas, y el croata la puso en el punto de penalti y la rebañó Munir, reclamando el porqué del motivo de su presencia. Había acabado la adolescencia y la juventud del minuto 18 premiaba al Barça, con el exceso que siempre supone el gol.

Neymar pone la puntilla
Daba igual. En la mayoría de edad del partido, el adolescente, o sea el Athletic, se fue de clase. Corría por el recreo del campo, por la voluntad de Beñat o el coraje de Lekue, pero eran carreras de barriada, intensas, encrespadas, corajudas. Hasta que llegó Neymar, que vivía cómodamente en su apartamento de la banda izquierda y Etxeita le abrió la puerta del gol. El central rojiblanco lleva semanas adoleciendo de buena conducta, algo que figura en el certificado de penales de los defensas centrales. Si a eso le añades una desatención llena de dudas hamletianascuando se acerca el alón, lo normal es que Neymar te robe el DNI, el pasaporte y el equipaje. Y lo robó todo, superando incluso la salida desesperada de Herrerín, que no tocó ni pierna ni balón, ni césped. O sea, gol. O sea la muerte natural de un partido y quizás de la eliminatoria.
Del espíritu de agosto, de la Supercopa, del estímulo emocional ante la adversidad. En ese momento, recién inaugurada la juventud, en el minuto 24, el Barça fue el Barça. Iniesta encontró su sitio y el balón, o sea su equipo encontró el reloj que le marcase la hora, ese que adelanta y se para cuando es necesario para llegar a tiempo o para que el rival llegue tarde a todos los sitios.
Demasiado joven murió el partido para todo lo que quedaba por vivir. El Athletic, con la escopeta vacía, soñaba con las remontadas históricas. Más que fútbol, proponía pelea, corazón, esas sensaciones. Mejoró con la entrada de Muniain, que le dio tacto, y de Sabin Merino, que propuso envergadura. El Barça se acurrucó en el dormitorio placentero de sus goles y decidió que la guerra había terminado. Un par de salidas voluptuosas, un par de disparos lejanísimos de Munir y Piqué para vengar la afrenta de San José a Ter Stegen en la Supercopa. Y nada más. Oficio, porque dos goles a domicilio son muchos goles en la Copa y en la Liga. Y porque el Athletic, con todo su esfuerzo, su fe, apenas conseguía obras edificantes. Hasta el minuto 81 no consiguió exigir lo mejor de Ter Stegen, en un remate de Sabin que el alemán elevó por encima del larguero. Demasiado tránsito para tan poco recorrido. Demasiado sudor para tan poco sueldo.
Al menos cobró la paga extra, casi en la conclusión de la jornada, cuando Aduriz cazó un servicio de San José, desatendido por la defensa. En la Liga sería el gol de la honrilla, que se decía; en la Copa, los goles valen más, pero saben a poco cuando el rival consigue más. Quizás hubo mucha pólvora mojada, pero la que explotó la incendió el Barça. Y es lo que cuenta, lo que queda, lo que vale.

martes, 5 de enero de 2016



Orgullo

La generosidad de Bartomeu nos acerca al sueño de un barcelonismo unido

Manel Fuentes/ El Periódico de Cataluña/ Martes, 5 de enero del 2016
 
Orgullo
MARWAN NAAMANI
Bartomeu, en las conferencias internacionales de deporte que se celebran en Dubai.



En el 2015 el Barça hizo algo único. Se convirtió en el primer club en conseguir dos tripletes. Ganó cinco copas de seis. Batió el récord de goles en un año. Incorporó nuevas evoluciones a su juego. Reunió al mejor tridente de la historia e hizo que Messi, el mejor jugador de todos los tiempos, recuperase las ganas de seguir agrandando su leyenda. Y todo esto, con un presidente modesto.
Muchos no le han dado importancia suficiente, pero el talante de Josep Maria Bartomeu ha sido determinante para que todo haya salido así de bien. Si se fijan verán que las crisis recientes de este supertalentoso Barça han venido justamente por no haber sabido gestionar bien el éxito o por querer capitalizarlo con intereses personales, sin arremangarse ni hacer el trabajo que pedía el momento.
Certero en las revoluciones, este Barça se pierde a menudo en las evoluciones de sus modelos de éxito. La revolución futbolística del modelo llegó en los 90 con el tándem Cruyff-Rexach en el banquillo y Núñez en el palco, pero los egos de unos y otros truncaron el camino del éxito. Rijkaard y Ronaldinho, con Laporta y Rosell en la junta, lo retomaron, pero la fiesta del triunfo acabó con el propio triunfo. Y apareció otro gran tándem, Pep-Tito, que supo prescindir de las vacas sagradas del momento e hizo crecer al club alrededor de Messi. Y otra vez el tacticismo personalista. Unos utilizando el triunfo como plataforma política y otros como huida para no afrontar la renovación del sistema y de la plantilla que el equipo necesitaba. Rosell parecía no contentarse con haber ganado las elecciones y dar continuidad a los éxitos, sino que quiso poner en evidencia a Laporta. Y a resultas de estas historias de egos, amores y odios y los problemas judiciales aún por resolver, Bartomeu llegó a presidente con Luis Enrique en el banquillo.

Emoción por la humildad

¿Recuerdan cómo estábamos ahora hace justo un año? Las críticas al sistema de juego y a Luis Enrique eran absolutas. Se había traicionado el fútbol de toque, decían algunos. Pero como si de un piloto experimentado se tratara, Bartomeu asumió la tormenta sin histerias, trató discretamente con unos y otros y recondujo el proyecto. Hace dos semanas, en Dubái, fue fiel a sí mismo y al ser distinguido con los Globe Soccer Awards como el mejor presidente de club del mundo dijo que el premio no era para él, sino para todos los integrantes de su junta y también por todo el trabajo de los 39 presidentes anteriores.
Qué quieren que les diga, pero alguien que asume la responsabilidad derivada de la junta de Rosell; que acepta el reto de liderar el club cuando todo pintaba mal; que implementa el sistema; que gana las elecciones y que tras el triunfo sigue mostrando humildad, emociona. Su generosidad nos acerca al sueño de un barcelonismo unido… siempre que los profetas de sí mismos no quieran jugar a otra cosa.

domingo, 20 de diciembre de 2015


El Barça gana el Mundial de Clubes

El equipo azulgrana, liderado por Messi y definido por Suárez, doblega a la intensidad del River Plate y su afición

 
FC Barcelona vs River Plate en el Mundial de Clubes
Iniesta levanta el tercer Mundial de Clubes del Barcelona. / Shaun Botterill (Getty Images)

El Barcelona es el mejor equipo del mundo. Así lo dice su fútbol y su año, pletórico en cuanto a títulos porque ha levantado cinco copas de seis posibles. La última ha sido en el Mundial de Clubes y ante el River Plate, un equipo con más garra que gancho, fiero sin la pelota pero cordero con ella entre los pies. Poca cosa para un tridente que no tiene remedio y que tanto le da salir de una lesión (Neymar) como acabar de expulsar una piedra (Messi); cuando se ponen a jugar no hay quien les eche el lazo y sus actuaciones doradas ya forman parte de la bella historia del juego porque así también lo dicen los laureles obtenidos.

River Plate, 0 - Barcelona, 3

River Plate: Barovero; Mercado, Maidana, Balanta, Vangioni; Sánchez, Kranevitter, Ponzio (Lucho González, m. 46), Viudez (Driussi, m. 55); Mora (Martínez, m. 46) y Alario. No utilizados: Chiarini, Batalla; Vega, Casco, Mammana, Mayada, Pisculichi, Bertolo y Saviola.
Barcelona: Bravo; Alves, Piqué, Mascherano (Vermaelen, m. 81), Jordi Alba; Busquets, Rakitic (Sergi Roberto, m. 66), Iniesta, Messi, Suárez y Neymar (Mathieu, m. 89). No utilizados: Ter Stegen, Masip; Bartra, Munir, Sandro, Adriano, Samper y Gumbau.
Goles: 0-1. M. 35. Messi. 0-2. M. 49. Luis Suárez. 0-3. M. 68. Luis Suárez.
Árbitro: Alireza Faghani (Irán) amonestó a Kranevitter, Jordi Alba, Ponzio, Rakitic, Neymar y Sergi Roberto.
Estadio internacional de Yokohama72.327 espectadores.

De piernas largas y tacos vistosos, los jugadores del River no se andaban con remilgos ni paparruchas. Se trataba de que el Barça no manufacturara fútbol y de ahí que se empeñaran en restarle cualquier tipo de continuidad al duelo con puntapiés, desequilibrios con el cuerpo y lo que fuera menester. Así se lo aclaró Kranevitter a Messi en la primera pelota que tocó y así lo ratificó Ponzio sobre Iniesta segundos después. O el rival o la pelota, pero nunca los dos. Era tal la intensidad del equipo de Gallardo, el acoso en cada baldosa del tapete, que los jugadores azulgrana apenas disfrutaban de unas pocas décimas de segundo para pensar, las mismas que para actuar. Si bien repetían los gestos de calidad técnica -sombrero de Iniesta, espuela de Neymar, quiebro sin balón de Alba, autopase de Messi…-, iban demasiado exigidos y en los metros finales la pelota ya no llegaba con precisión, rémora que negaba la inspiración de los metros finales. O casi porque a Messi no le tumba ni una piedra ni nadie, que por algo es el mejor.
Valiente, Gallardo situó la línea de presión alta para que la zaga azulgrana errara en la entrega o se desprendiera de la pelota. Pero eso no entra en los planes del Barça, ya ni siquiera con Luis Enrique. De Mascherano a Piqué y de ahí a las bandas para que Busquets bajara y se volviera a empezar. No había prisa y tampoco errores, más allá de ese de Rakitic en un pase hacia atrás que Mora aprovechó para probar a Bravo –jugó contra pronóstico porque Ter Stegen fue quien llevó al equipo a esta competición-, que atajó sin complicaciones como también ese otro de Alario.
Hizo el equipo argentino de la pillería un arte porque cualquier falta o córner era el escenario ideal para la protesta generalizada o para un pequeño rifirrafe. “¡Pongan huevos, vamos River Plate, pongan huevos!”, cantaba pertinaz la marea millonaria. Y de eso no les faltó a sus jugadores, definitivamente alimentados por una marea que se prodigó sin cesar. Bravos, despechados bastantes, los aficionados se entregaron a un ejercicio de aliento espectacular que atronó en el Nissan Stadium, también porque no hubo más que una tímida réplica de Barça, escasos los hinchas y en ningún caso acompañados por los japoneses. El estadio era del River pero el césped y el balón del Barcelona.
A medida que pasaron los minutos, las piernas de los argentinos pesaban por correr detrás de la pelota. Y el corazón, el argumento de Gallardo en la previa, ya no alcanzaba para luchar contra el pie de los azulgrana. Sobre todo de Messi, que ponía el desequilibrio en la zona caliente. Primero fue Iniesta el que le validó con un pase sobre el balcón del área; media vuelta y disparo ajustado al palo y atrapado por un Barovero que llegó donde no lo hizo la imaginación de nadie. También acunó ese remate de Alves de volea tras el centro de Neymar y de nuevo a Messi le sacó la mano en el mismo sitio, tras un lanzamiento de falta envenenado. Pero Leo se moría de ganas por marcar y a la tercera fue la vencida. Fue después de que Alves centrara al segundo palo, donde Neymar durmió la pelota con la cabeza y se la puso hacia atrás al 10, que controló con la derecha, le dio en el brazo mientras se echaba atrás y la remató cayéndose con la izquierda. Gol y morfina al encuentro porque River ya no tiró la presión alta y sobre todo porque Luis Suárez, nada más comenzar el segundo acto, también supo definir ese gran pase de Busquets ante Barovero.
Con la necesidad de River de tirar hacia delante, de marcar un gol que reparara su orgullo herido, se creó el desaguisado argentino. Los mediocentros ya no guardaban la posición, uno de los dos centrales saltaba y los jugadores de banda las veían venir sin cerrar ni ayudar. Y los espacios son el edén del Barça, de un tridente universal que se junta para separar a los rivales. “Papá, a ese lo tengo controlado”, le dijo por teléfono unos días antes Mercado cuando le mostró el primero su preocupación por Neymar. Pero aunque el 11 entró en la refriega como suele, siempre provocador, también entró de lleno en el partido y le hizo todo un descosido a su pareja de baile para actuar de surtidor. Dos centros a Messi que no supo finalizar al darle flojo y desviado, y otro para Suárez que, de cabeza, la cruzó para convertirse con cinco goles en el máximo goleador de la breve historia del Mundial de Clubes junto a Leo. Era el final, el triunfo del fútbol, la victoria mundial.

viernes, 18 de diciembre de 2015


Aitor Egurrola, el coleccionista de títulos

El portero del Barça de hockey, elogiado por su “inteligencia y liderazgo”, suma 58 torneos ganados e iguala el récord de Borregán


 
Aitor Egurrola, en el Palau Blaugrana. / JUAN BARBOSA

Para la mayoría, Aitor Egurrola (Barcelona, 1980), portero y capitán de la sección de hockey patines del F.C. Barcelona, es desconocido a pesar de tener más del doble de títulos que Messi, Xavi Hernández o Iniesta. En noviembre consiguió su título número 58, tras imponerse su equipo en Vic al Liceo por 6-5, en un partido en el que fue determinante parando un penalti. Egurrola es uno de los tres jugadores con más títulos de la historia del Barça: empata con Beto Borregán (exjugador de la misma disciplina) y solo es superado por David Barrufet, exportero de la sección de balonmano, que acumula en su palmarés la friolera de 70 títulos.
Egurrola comenzó en el hockey patines por casualidad cuando la madre de uno de sus compañeros de colegio convenció a varios alumnos para practicar este deporte en Castelldefels. En la temporada 1992-1993 jugó en el UE Horta y tres años después fichó por el Barça, con el que ha ganado 15 Ligas, 10 Copas de Europa y 10 Copas Continentales entre otros títulos. “Es una pena que en España el hockey sea un deporte minoritario. Si hubiese equipos más competitivos en el resto de España y no se concentrasen todos en Cataluña, sería más seguido. A ver si la temporada que viene asciende el Alcobendas. Quizás la gente se anime a seguir más este deporte con el gancho que supone la rivalidad entre Madrid y Barcelona”, declara Egurrola.
Si hubiese equipos más competitivos en el resto de España y no se concentrasen todos en Cataluña, sería más seguido. A ver si asciende el Alcobendas”
En el vestuario, El Pulpo es un referente: “Es un jugador muy inteligente, con mucha visión de juego. Sabe organizar muy bien a la defensa desde atrás. Creo que es como el buen vino, mejora con los años”, dice Ricard Muñoz, entrenador del conjunto azulgrana desde marzo de 2013. “Es un ejemplo para todos, no solo por su impresionante palmarés sino también por su humildad. Es sin duda el líder del grupo”, concluye Muñoz. Sergi Fernández (Mallorca, 1985), también portero del equipo, considera beneficiosa la competencia por dicho puesto: “Todos queremos jugar el mayor número posible de partidos, a nadie le gusta ser suplente. Pero un equipo como el Barça debe tener la máxima competencia en todas las posiciones. Aquí juegan los mejores”.
El protagonista resta importancia a su logro: “Es cierto que el número de títulos impresiona, pero el mérito no es mío sino de todo el grupo. Tengo la suerte de jugar en un equipo tan grande como el Barça. En otro club esto habría sido impensable”, responde con modestia Egurrola. Al preguntarle qué título es el que más ilusión le hizo ganar, responde sin pensarlo: “Claramente me quedo con las Copas de Europa. Fue igual de emocionante ganar cada una de ellas, no podría escoger solo una”.
Tanto el entrenador como sus compañeros tienen claro que Egurrola cuenta con muchas posibilidades de superar la colección de títulos de Beto Borregán: “Ojalá lo logre, eso significará que seguimos ganando. Aún quedan en juego cuatro títulos esta temporada —Copa Intercontinental, Copa del Rey, Liga Europea y OK Liga— y vamos a ir a por todos”, dice Sergi Fernández. Hasta el propio Borregán desea que el portero bata su récord: “Los porteros, por suerte para ellos, siempre son más longevos que el resto de jugadores. Viendo cómo se cuida Aitor y los años que le quedan de contrato estoy seguro de que superará mi número de títulos con creces”. Habrá que esperar cuatro años por lo menos para ver hasta dónde es capaz de agrandar su leyenda el capitán.

Con Luis Suárez basta para llegar a la final del Mundialito

Tres goles del uruguayo dan la victoria a los de Luis Enrique, que se imponen al Guangzhou con las ausencias de Messi y Neymar

El País-18/12/2015

Mundial de Clubes: FC Barcelona
Suárez celebra la consecución de su primer gol ante el Guangzhou en la semifinal del Mundial de Clubes. / Koji Sasahara (AP)

A Luis Suárez tanto le da. No es que se la repampinfle no tener a Neymar y Messi –sufrió un cólico nefrítico la noche anterior que le impidió jugar- al lado, porque con ellos siempre se garantiza varias ocasiones de gol, pero le alcanza consigo mismo para crear el mayor de los desaguisados. Como ante el Guangzhou Evergrande, que padeció la viveza y la puntería de un delantero centro sin igual, de un 9 de los de verdad que se las bastó para descomponer al contrario y clasificar al Barcelona en la final del Mundial de Clubes, que será el domingo frente al River Plate argentino.

FC Barcelona, 3 - Guangzhou, 0

FC Barcelona: Bravo; Alves, Piqué, Mascherano, Alba (Adriano, m.76); Sergio Busquets, Rakitic, Iniesta (Sergi Samper, m.81); Munir, Sergi Roberto (Sandro, m.72) y Luis Suárez.
Guangzhou Evergrande: Li Shuai; Zhang Linpeng, Feng Xiaoting, Kim Younggwon, Zou Zheng (Li Xuepeng, m.35); Paulinho, Zheng Zhi Ricardo Goulart; Huang Bowen, Zheng Long (Yu Hanchao, m.56) y Elkeson (Gao Lin, m.67).
Goles: 1-0, m.39. Luis Suárez. 2-0, m.50. Luis Suárez. 3-0, m.67. Luis Suárez, de penalti.
Arbitro: Joel Aguilar (ESA). Amonestó a Feng Xiaoting (m.16).

Suelen ser los equipos asiáticos de lo más dinámicos e intensos, predispuestos a la carrera de área a área. No así el Guangzhou, la excepción que confirma la regla debido a la acentuada influencia de Luiz Felipe Scolari, un entrenador bien tacaño con el juego porque siempre se entregó al talento de los de arriba, como ocurriera, por ejemplo, en el exitoso Mundial de 2002 cuando Ronaldo, Rivaldo y Ronaldinho se las apañaban para encontrarse entre ellos y perder a los rivales. Pero más que despersonalizado, el equipo chino ha mutado de piel porque ante el Barça supo de sobra a lo que quería jugar y proponer, con la zaga cosida al portero y dos líneas de cuatro bien abrochadas. Existían, en cualquier caso, dos salvedades: la de Goulart, que se quedaba al rebote por si le caía el balón y debía actuar de trampolín; y la de Elkeson, presto para el sprint definitivo por detrás de las espaldas de la zaga rival. Tampoco la vieron. Resulta que apenas tocó el balón el Guangzhou, por más que no le importara –hasta su afición celebraba casi como goles las ocasiones repelidas-, confiado a su inspiración y buen tino en los metros finales. No se dio.

Se amontonaban las piezas en el área del Guangzhou y al Barcelona se le multiplicaban los problemas porque no había rendija por donde filtrar el último pase

Se amontonaban las piezas en el recibidor del área del Guangzhou y al Barcelona, que le gusta entrar hasta la cocina con el juego asociativo, se le multiplicaban los problemas porque no había rendija por donde filtrar el último pase. No le quedaba otra que ejecutar una pared oportuna, dar la sorpresa con la profundidad de los laterales o probar fortuna con un disparo lejano. Soluciones que tardaron en llegar porque Munir no supo resolver ese pase interior que le puso Iniesta y chutó al bulto, desatino demasiado pertinaz en lo que va de curso. Tampoco Alba y Alves lograban crear el guirigay con sus ascensiones porque saltaban los laterales rivales y los interiores cerraban por dentro en caso de que se diera el centro. Aunque sí que funcionó la tercera vía, validada por el portero Li, que tiene manos de mantequilla. Así, no supo blocar un chut fuerte pero centrado de Rakitic, y Suárez, que se las sabe todas y que jamás deja un balón huérfano porque para él sería engañar al fútbol, acudió al rechazo y puso la punta de la bota para festejar el gol.
Es lo que tiene Suárez, que con media te hace dos. Messi es un genio que descascarilla cualquier defensa, que se las basta por sí solo para romper tantas cinturas como redes, pero que genera juego con el balón en los pies. También Neymar reivindicó ese protagonismo en ausencia del 10 porque puso el desequilibrio y absorbió el esférico para hacer jugar a los demás. No es así Suárez, por más que ahora sea el mejor delantero centro del planeta. Lo suyo es iniciar la presión y acabar las jugadas, futbolista que convierte todo lo que ocurre a su alrededor en oro, pero al que ni le van ni le vienen los preliminares porque para él todo se reduce al gol. Y no falla. Sobre todo si pone de su parte Iniesta, excelente una vez más porque fue el único que supo mirar al frente en la zona de creación. Así, el uruguayo se la cedió al 8, que se la devolvió por arriba y con precisión –la vía de la pared-, y Luis Suárez puso de nuevo el gancho para marcar el segundo.


Poco replicó el Guangzhou, encerrado como estaba a la espera de un fallo en la entrega o un robo avispado para salir a la contra. Se ayudó, eso sí, en las jugadas a balón parado porque en una falta lateral Elkeson exigió la estirada de turno de Bravo del mismo modo que Paulinho remató un córner que obligó la intervención de Piqué para despejarlo. Poca cosa y más ante un Suárez en racha, que aprovechó que Munir se dejó caer en el área y provocó un penalti para que el uruguayo hiciera el tercero. Un hat-trick que evidencia que el Barça tiene una salud envidiable en cuanto al gol, que expresa que Luis Suárez, al menos ante el Guangzhou, se las basta solito.